El viaje por Memphis ha llegado a su final.
Siguemé en mi nuevo libro-blog "Notas de una ciudad con playa"
Hasta la vista Memphis, hasta la vista Rock&roll.
Jimmy
domingo 24 de mayo de 2009
lunes 16 de marzo de 2009
La Terminal

El joven Warren paga treinta dólares al taxista pakistaní, que a pesar de un asombroso atasco a media tarde del sábado, le deja según los tiempos, en la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional Louis Amstrong de Memphis. Las farolas de la autopista se han encendido durante el camino, la conversación ha sido amable y el conductor, como acostumbra con los clientes a los que puede sabotear ligeramente el trayecto, le ha obsequiado con una tarjeta y un teléfono personal, “por si algún día vuelve a la ciudad del rock&roll y no quiere perder tiempo encontrando un chofer”.
Warren, antes de entrar en el edificio, apura un cigarrillo y mecánicamente repasa los mejores momentos de su viaje, mientras la mezcla de la nicotina y el ir y venir de la gente, le provocan cierta sensación de mareo.
Al mismo tiempo Kristjana, la islandesa de lacia melena blanca, ojos grises y piel transparente, pisa por primera vez, a sus treinta años, suelo estadounidense. Su reloj de la suerte ha debido funcionar, porque está cumpliendo el sueño de su vida. Probablemente el sueño de todas las chicas del club de Ajedrez donde juega en su ínfimo y lejano pueblo natal, Fludir. El centenar de habitantes de la población al completo, incluyendo a los más veteranos, reconocen haber soñado con aterrizar en el país de las oportunidades por lo menos una vez en sus vidas. Según el Daily Reikjiavik Review, sucede también a nivel nacional. El segundo sueño más repetido en cambio, y esta vez exclusivo del sector masculino, es una noche de pasión bajo la Aurora Boreal, con la heroína de los videojuegos Lara Croft.
Kristjana espera no decepcionar a ninguno de sus conocidos, mientras ve asomar su maleta sobre la roída cinta transportadora.
Sentados sobre un inmenso bolsón verde, dentro de la interminable fila del mostrador de facturación número doce de Pan-Am, están el pívot estrella de los Boston Celtics de los setenta, Danni “bom-bom” Jhonson y su encantadora esposa Linna.
Natural de Memphis, el que un día fuera la gran esperanza blanca del equipo de Nueva Inglaterra, después de varios años en la sombra de los banquillos universitarios y tras un intento fallido en los Grizlies de su ciudad natal, se va a probar suerte al viejo continente. Un equipo griego de la lejana Europa, espera con honores de emperador al primer entrenador de la todopoderosa NBA que pisa, para quedarse, la tierra de Alejandro Magno.
Mientras los fláshes y las insidiosas firmas de los periódicos deportivos aguardan con la guadaña la llegada del astro, el hombre, casi anónimo entre sus vecinos, pasa desapercibido en el maremagnum de la terminal.
“El calendario no perdona, cariño.” Le dice la abnegada Linna, cuando intuye en su rostro una mezcla de fracaso y miedo a lo desconocido.
Warren, el fumador del taxi, factura con mejor suerte su equipaje y se sienta a tomar un refresco en la cafetería que hay al lado de su puerta de embarque.
Dos gemelos de unos cuatro años, Westly y Jhon, vestidos exactamente igual, juegan a pilotar un jumbo con problemas, hasta que una histérica y arrugada mujer les llama la atención.
Es la señora Rossental, o “la viuda del Distrito 20”, como la llaman sus vecinos de bloque. Hace unos años su marido, el humilde zapatero Aaron Rossental y su hija mayor, la hermosa Esther, perecieron en el sonado accidente aéreo de la TWA del aeropuerto J.F.K. de Nueva York.
Desde entonces, solo se monta en la “diabólica máquina de volar” cuando es estrictamente necesario y siempre con diacepan en cantidades industriales, y no menores de whisky irlandés.
La madre de los gemelos mira la suave sonrisa de Warren al presenciar la reprimenda.
Elisabeth, divorciada, consiguió la custodia de los niños después de ganar un duro juicio contra el mismísimo Venneti, el diseñador que ha copado los mejores locales de la Quinta Avenida neoyorquina, y que no dudó en poner en manos de sus crueles abogados la separación, mientras recibía premios en Paris y Londres por su nueva colección bautizada deprisa y corriendo como “Aguas de serpiente”
Elisabeth se alegra de estar en aquella puerta de embarque, de coger el mismo avión que el silencioso Warren y de la extrema duración del vuelo. “Todo el mundo se levanta al menos una vez a estirar las piernas…” piensa, pícara, mordiéndose el labio inferior.
La azafata encargada de avisar a los pasajeros, ya le ha comunicado que ella y sus hijos podrán entrar en las primeras tandas, junto a los viajeros de primera clase.
Con la misma sonrisa artificial y preciosa al mismo tiempo, coloca también a la tambaleante señora Rossental, que no duda ni un instante en sentarse en uno de los asientos de espera reservado para minusválidos.
Perdida en el laberíntico dibujo de la Terminal, Kristjana sube y baja escaleras mecánicas, pasea por las tiendas del Dutty Free con una sonrisa dibujada en la cara.
Su vestidito de flores, deja ver unos zapatos negros y sus pálidas pantorrillas que buscan desesperadamente un sol que no encuentran. Las bolsas aumentan y parece estar encantada de perderse una y otra vez, de enmarañarse en la caótica aunque señalizada planta de llegadas.
Danny “Boom boom” Jonson, ya solo y sin su encantadora esposa Linna que va de vuelta a casa, devora concienzudamente un ejemplar del NBA Today. Se pasa su puerta de embarque y se sienta en un sillón al lado del servicio de caballeros a terminar de leer el articulo “¿Quién será el siguiente?” en relación a un nuevo “rookie” de los Chicago Bulls.
“¡Que manía con buscar sucesores! ¡Michael era único, ahora juega al golf y ya está!
El reloj de la suerte de Kristjana, marca la hora señalada del embarque, pero él sigue inmerso en la lectura de los superficiales comentarios de un tal David Mars, autoproclamado ideólogo del baloncesto moderno.
La mujer llegada del hielo, ve como “Boom boom” al darse cuenta de su retraso corre hacía la puerta de embarque mientras el avión que le llevaba al futuro, despega desafiando todas las leyes físicas y con sus depósitos llenos de combustible.
Cabizbajo, Danny camina repasando el dibujo geométrico de la moqueta de la Terminal, con destino a la salida. Una lágrima se le escapa, presa de la autoculpabilidad y del veloz sprint de sus piernas ya desacostumbradas. “Esto no es empezar con buen pié, desde luego…” piensa.
Kristjana se acerca y le toca la espalda. Tarda unos segundos en darse la vuelta exhausto por la carrera, y derrumbado por el futuro. Ella, como un ángel, abre su mano y le da su reloj de la suerte. Cierra su diestra y se va, siguiendo al fin el cartel verde de salida, al lado del ventanal donde Danny ha visto levantarse en el aire al Boing 747, donde ha visto volar sus esperanzas de una vida nueva, una distinta, en el ocaso de su carrera.
Los gemelos se han convertido en el centro de atención de los pasajeros que ordenadamente empiezan a desfilar por el finguel numero 6. La azafata encargada de controlarles, Emma, llama primero a los de bussines, a Elisabeth y sus niños, y después, en grupos de cinco, a los viajeros situados en las filas de turista, empezando por la cola.
- Es lo primero que te enseñan en los cursos… le dice a Warren, el fumador del taxi, cuando nota sus ojos clavados en su boja y en el monótono soniquete de su voz, al micrófono. Warren asiente y ríe mientras le entrega su tarjeta de embarque.
La Terminal fue construida por el arquitecto Alexander “Snupp” Friedrich, queriendo recordar a los maravillosos colosos modernistas parisinos. Las salidas de emergencia están convenientemente señalizadas, dispone de servicio para personas impedidas las veinticuatro horas diarias y por supuesto, no se puede fumar.
Dos aviones salieron a la vez con destino a Europa aquel 2 de Marzo a las 20:00 horas
Elisabeth y Warren, la madre y el fumador, rozaron sus manos cuando colocaban sus bolsas en un mismo compartimento, y se saludaron cuando faltaban sesenta minutos para el aterrizaje mientras sobrevolaban las fértiles tierras españolas. Se intercambiaron los teléfonos y los dos pensaron al mismo tiempo: “aunque quiera, se que no podré olvidarte”.
La viuda del distrito veinte se tomó tres whiskys y se quedó profundamente dormida. Cuando despertó el avión ya estaba en tierra. “Tienes unos niños monísimos” le dijo a Elisabeth entregando el pasaporte en destino.
La suerte de los pasajeros con destino a Atenas, fue muy distinta. El avión, a los dieciseis minutos del despegue, sufrió un problema en uno de sus alerones. El piloto fue incapaz de corregir la marcha descendente de la aeronave que se estrelló haciendo explotar las toneladas de fuel en un campo cercano a Covington, en la ruta 51.El humo podía verse desde la parada de taxis, donde a dos coches de diferencia, Danny “boom boom” y Kristjana, Kristjana y Danny “boom boom”, empezaban a vivir el primer día de su nueva vida.
Warren, antes de entrar en el edificio, apura un cigarrillo y mecánicamente repasa los mejores momentos de su viaje, mientras la mezcla de la nicotina y el ir y venir de la gente, le provocan cierta sensación de mareo.
Al mismo tiempo Kristjana, la islandesa de lacia melena blanca, ojos grises y piel transparente, pisa por primera vez, a sus treinta años, suelo estadounidense. Su reloj de la suerte ha debido funcionar, porque está cumpliendo el sueño de su vida. Probablemente el sueño de todas las chicas del club de Ajedrez donde juega en su ínfimo y lejano pueblo natal, Fludir. El centenar de habitantes de la población al completo, incluyendo a los más veteranos, reconocen haber soñado con aterrizar en el país de las oportunidades por lo menos una vez en sus vidas. Según el Daily Reikjiavik Review, sucede también a nivel nacional. El segundo sueño más repetido en cambio, y esta vez exclusivo del sector masculino, es una noche de pasión bajo la Aurora Boreal, con la heroína de los videojuegos Lara Croft.
Kristjana espera no decepcionar a ninguno de sus conocidos, mientras ve asomar su maleta sobre la roída cinta transportadora.
Sentados sobre un inmenso bolsón verde, dentro de la interminable fila del mostrador de facturación número doce de Pan-Am, están el pívot estrella de los Boston Celtics de los setenta, Danni “bom-bom” Jhonson y su encantadora esposa Linna.
Natural de Memphis, el que un día fuera la gran esperanza blanca del equipo de Nueva Inglaterra, después de varios años en la sombra de los banquillos universitarios y tras un intento fallido en los Grizlies de su ciudad natal, se va a probar suerte al viejo continente. Un equipo griego de la lejana Europa, espera con honores de emperador al primer entrenador de la todopoderosa NBA que pisa, para quedarse, la tierra de Alejandro Magno.
Mientras los fláshes y las insidiosas firmas de los periódicos deportivos aguardan con la guadaña la llegada del astro, el hombre, casi anónimo entre sus vecinos, pasa desapercibido en el maremagnum de la terminal.
“El calendario no perdona, cariño.” Le dice la abnegada Linna, cuando intuye en su rostro una mezcla de fracaso y miedo a lo desconocido.
Warren, el fumador del taxi, factura con mejor suerte su equipaje y se sienta a tomar un refresco en la cafetería que hay al lado de su puerta de embarque.
Dos gemelos de unos cuatro años, Westly y Jhon, vestidos exactamente igual, juegan a pilotar un jumbo con problemas, hasta que una histérica y arrugada mujer les llama la atención.
Es la señora Rossental, o “la viuda del Distrito 20”, como la llaman sus vecinos de bloque. Hace unos años su marido, el humilde zapatero Aaron Rossental y su hija mayor, la hermosa Esther, perecieron en el sonado accidente aéreo de la TWA del aeropuerto J.F.K. de Nueva York.
Desde entonces, solo se monta en la “diabólica máquina de volar” cuando es estrictamente necesario y siempre con diacepan en cantidades industriales, y no menores de whisky irlandés.
La madre de los gemelos mira la suave sonrisa de Warren al presenciar la reprimenda.
Elisabeth, divorciada, consiguió la custodia de los niños después de ganar un duro juicio contra el mismísimo Venneti, el diseñador que ha copado los mejores locales de la Quinta Avenida neoyorquina, y que no dudó en poner en manos de sus crueles abogados la separación, mientras recibía premios en Paris y Londres por su nueva colección bautizada deprisa y corriendo como “Aguas de serpiente”
Elisabeth se alegra de estar en aquella puerta de embarque, de coger el mismo avión que el silencioso Warren y de la extrema duración del vuelo. “Todo el mundo se levanta al menos una vez a estirar las piernas…” piensa, pícara, mordiéndose el labio inferior.
La azafata encargada de avisar a los pasajeros, ya le ha comunicado que ella y sus hijos podrán entrar en las primeras tandas, junto a los viajeros de primera clase.
Con la misma sonrisa artificial y preciosa al mismo tiempo, coloca también a la tambaleante señora Rossental, que no duda ni un instante en sentarse en uno de los asientos de espera reservado para minusválidos.
Perdida en el laberíntico dibujo de la Terminal, Kristjana sube y baja escaleras mecánicas, pasea por las tiendas del Dutty Free con una sonrisa dibujada en la cara.
Su vestidito de flores, deja ver unos zapatos negros y sus pálidas pantorrillas que buscan desesperadamente un sol que no encuentran. Las bolsas aumentan y parece estar encantada de perderse una y otra vez, de enmarañarse en la caótica aunque señalizada planta de llegadas.
Danny “Boom boom” Jonson, ya solo y sin su encantadora esposa Linna que va de vuelta a casa, devora concienzudamente un ejemplar del NBA Today. Se pasa su puerta de embarque y se sienta en un sillón al lado del servicio de caballeros a terminar de leer el articulo “¿Quién será el siguiente?” en relación a un nuevo “rookie” de los Chicago Bulls.
“¡Que manía con buscar sucesores! ¡Michael era único, ahora juega al golf y ya está!
El reloj de la suerte de Kristjana, marca la hora señalada del embarque, pero él sigue inmerso en la lectura de los superficiales comentarios de un tal David Mars, autoproclamado ideólogo del baloncesto moderno.
La mujer llegada del hielo, ve como “Boom boom” al darse cuenta de su retraso corre hacía la puerta de embarque mientras el avión que le llevaba al futuro, despega desafiando todas las leyes físicas y con sus depósitos llenos de combustible.
Cabizbajo, Danny camina repasando el dibujo geométrico de la moqueta de la Terminal, con destino a la salida. Una lágrima se le escapa, presa de la autoculpabilidad y del veloz sprint de sus piernas ya desacostumbradas. “Esto no es empezar con buen pié, desde luego…” piensa.
Kristjana se acerca y le toca la espalda. Tarda unos segundos en darse la vuelta exhausto por la carrera, y derrumbado por el futuro. Ella, como un ángel, abre su mano y le da su reloj de la suerte. Cierra su diestra y se va, siguiendo al fin el cartel verde de salida, al lado del ventanal donde Danny ha visto levantarse en el aire al Boing 747, donde ha visto volar sus esperanzas de una vida nueva, una distinta, en el ocaso de su carrera.
Los gemelos se han convertido en el centro de atención de los pasajeros que ordenadamente empiezan a desfilar por el finguel numero 6. La azafata encargada de controlarles, Emma, llama primero a los de bussines, a Elisabeth y sus niños, y después, en grupos de cinco, a los viajeros situados en las filas de turista, empezando por la cola.
- Es lo primero que te enseñan en los cursos… le dice a Warren, el fumador del taxi, cuando nota sus ojos clavados en su boja y en el monótono soniquete de su voz, al micrófono. Warren asiente y ríe mientras le entrega su tarjeta de embarque.
La Terminal fue construida por el arquitecto Alexander “Snupp” Friedrich, queriendo recordar a los maravillosos colosos modernistas parisinos. Las salidas de emergencia están convenientemente señalizadas, dispone de servicio para personas impedidas las veinticuatro horas diarias y por supuesto, no se puede fumar.
Dos aviones salieron a la vez con destino a Europa aquel 2 de Marzo a las 20:00 horas
Elisabeth y Warren, la madre y el fumador, rozaron sus manos cuando colocaban sus bolsas en un mismo compartimento, y se saludaron cuando faltaban sesenta minutos para el aterrizaje mientras sobrevolaban las fértiles tierras españolas. Se intercambiaron los teléfonos y los dos pensaron al mismo tiempo: “aunque quiera, se que no podré olvidarte”.
La viuda del distrito veinte se tomó tres whiskys y se quedó profundamente dormida. Cuando despertó el avión ya estaba en tierra. “Tienes unos niños monísimos” le dijo a Elisabeth entregando el pasaporte en destino.
La suerte de los pasajeros con destino a Atenas, fue muy distinta. El avión, a los dieciseis minutos del despegue, sufrió un problema en uno de sus alerones. El piloto fue incapaz de corregir la marcha descendente de la aeronave que se estrelló haciendo explotar las toneladas de fuel en un campo cercano a Covington, en la ruta 51.El humo podía verse desde la parada de taxis, donde a dos coches de diferencia, Danny “boom boom” y Kristjana, Kristjana y Danny “boom boom”, empezaban a vivir el primer día de su nueva vida.
jueves 12 de febrero de 2009
Teclado, tercera y última línea. Técnica mixta.
ZZumbido agudo y constante, vértigos, y posible pérdida de vista.
Dolor intenso de estómago, disminución de apetito y una más que probable crisis de ansiedad…
Nadie me advirtió que amar la vida fuera tan complicado.
X
“X” escribe. Corta el silencio de la madrugada con sus dedos en el teclado mientras “Y”, ajena y tirada en el sofá, repasa las fotos de una antigua revista de moda.
Ni siquiera la noche es capaz de unir a estos dos elementos comunes en un mismo conjunto vacío.
C
¡Crisantemos y pétalos de rosa para el emperador!
¡Que las flores engalanen los palacios y las calles!
... ¡Háganle creer de una vez que el mundo es suyo!
V
Véndeme después de usarme.
Utiliza mientras puedas mis dedos, que sanarán tus dolores.
Véndeme como me compraste.
B
Buenos Aires, 14:57, Plaza San Martín, bajo un frondoso árbol .
Ella se despide con un pudoroso beso en los labios.
Él, volviendo a casa, y después de caminar por la ciudad durante todo el día, piensa en viajar a Europa.
¡Levanta la vista, hermano!
En cualquier sitio hay una gran película.
N
Negaré siempre que te escribí estos versos.
Y que volví al barrio a buscarte.
Conseguiré, lo juro, olvidar tu nombre.
M
Muerde con fuerza mi puño, que el daño está todo hecho.
Canta y baila mientras me quemo.
…Que el festín no se te atragante.
miércoles 11 de febrero de 2009
Teclado, segunda línea. Oleo

A
Albaranes de negocios quebrados...
Libros de notas que regalan, azarosos, magníficos números.
Preciosas listas de deudas.
S
Senderos pulcros de baldosas amarillas
Que nunca nos llevarán de regreso.
Oz está más lejos de lo que creemos Dorothy…
Ni tus golpes de tacón serán capaces de librarte del calendario.
D
Diagonales, perpendiculares y paralelas.
Líneas que forman laberintos.
Muchos hay que se han vuelto locos por la caligrafía china.
F
Fin es la palabra.
Fin que espera, que busca, que encuentra.
Sortear, esquivar… que asombroso juego.
G
Gritar y temer, y amar y olvidar.
Albaranes de negocios quebrados...
Libros de notas que regalan, azarosos, magníficos números.
Preciosas listas de deudas.
S
Senderos pulcros de baldosas amarillas
Que nunca nos llevarán de regreso.
Oz está más lejos de lo que creemos Dorothy…
Ni tus golpes de tacón serán capaces de librarte del calendario.
D
Diagonales, perpendiculares y paralelas.
Líneas que forman laberintos.
Muchos hay que se han vuelto locos por la caligrafía china.
F
Fin es la palabra.
Fin que espera, que busca, que encuentra.
Sortear, esquivar… que asombroso juego.
G
Gritar y temer, y amar y olvidar.
Y reir, y gemir de placer y llorar...
Como infinitea la vida.
H
Hielos que bailan y suenan para nosotros dos entre las manos.
Se escapan derritiéndose en la alfombra.
Instante Violento.
J
J, es la letra. La letra de los que me dieron esta letra.
Y contenida en el símbolo, está mi historia.
K
Kilómetros de asfalto se han empeñado en separarnos.
Espero que algún día, en el espejo convexo,
Encontremos el calor de nuestras líneas condenadas a la lejanía.
L
Lagos azules, furgones vacíos, neumáticos negros, cuero mal curtido.
Son algunas imágenes borradas hoy de su garganta divina.
La música, que todo lo puede, se encargará de ponerlas en su sitio.
Ñ
Ñoquis para almorzar el veintinueve de cada mes.
Mantel de cuadros rojos y blancos, moscato en el vaso.
Un bandoneón rezonga en Radio Corrientes…
Magnífica estampa de 1986. El pueblo ya está preparado para ver a Dios.
H
Hielos que bailan y suenan para nosotros dos entre las manos.
Se escapan derritiéndose en la alfombra.
Instante Violento.
J
J, es la letra. La letra de los que me dieron esta letra.
Y contenida en el símbolo, está mi historia.
K
Kilómetros de asfalto se han empeñado en separarnos.
Espero que algún día, en el espejo convexo,
Encontremos el calor de nuestras líneas condenadas a la lejanía.
L
Lagos azules, furgones vacíos, neumáticos negros, cuero mal curtido.
Son algunas imágenes borradas hoy de su garganta divina.
La música, que todo lo puede, se encargará de ponerlas en su sitio.
Ñ
Ñoquis para almorzar el veintinueve de cada mes.
Mantel de cuadros rojos y blancos, moscato en el vaso.
Un bandoneón rezonga en Radio Corrientes…
Magnífica estampa de 1986. El pueblo ya está preparado para ver a Dios.
lunes 9 de febrero de 2009
Teclado, primera línea. Técnica mixta.

Q
Quise que todo fuera distinto, cariño.
La ilusión se va tan rápido
Como el tabaco en una noche de insomnio.
W
Whisky, sanador en las madrugadas largas.
Destrucción.
Nadie hablará de mi, en el periódico de mañana.
E
Enamorarse de los errores.
Prendarse de la incertidumbre.
Nunca pensé que el amor fuera tan peligroso y tan bello
R
Remar contra el viento y romper las barajas.
Quise que todo fuera distinto, cariño.
La ilusión se va tan rápido
Como el tabaco en una noche de insomnio.
W
Whisky, sanador en las madrugadas largas.
Destrucción.
Nadie hablará de mi, en el periódico de mañana.
E
Enamorarse de los errores.
Prendarse de la incertidumbre.
Nunca pensé que el amor fuera tan peligroso y tan bello
R
Remar contra el viento y romper las barajas.
Robar sueños y vender esperanzas.
Mis especialidades ocultas.
T
Tintineo como los cascabeles de algún caballo mientras suena la música. La ceremonia está a punto de empezar.
... Me quemo mientras bailas.
Y
Y la noche se alarga, mientras experimento los primeros cambios.
Me cuesta discernir y el aparato locomotor comienza a fallarme.
Mis especialidades ocultas.
T
Tintineo como los cascabeles de algún caballo mientras suena la música. La ceremonia está a punto de empezar.
... Me quemo mientras bailas.
Y
Y la noche se alarga, mientras experimento los primeros cambios.
Me cuesta discernir y el aparato locomotor comienza a fallarme.
Cada vez falta menos para encontrarnos.
U
Una historia que se repite:
Desnudo me arrojo al vacío.
Antes de besar el asfalto, con los brazos en cruz, remonto el vuelo, y veo la ciudad desde el aire.
I
Insidiosas voces de duerme vela.
Diálogos que danzan a ritmo de televisión,
Oscuridad en mis sábanas sucias.
O
Olvidamos que nos conocemos.
Se nos cae el viento.
Al fin, se rompe el encanto.
P
Puertas que se abren a patadas.
Ventanas que dejan la brisa acariciar mi cara.
U
Una historia que se repite:
Desnudo me arrojo al vacío.
Antes de besar el asfalto, con los brazos en cruz, remonto el vuelo, y veo la ciudad desde el aire.
I
Insidiosas voces de duerme vela.
Diálogos que danzan a ritmo de televisión,
Oscuridad en mis sábanas sucias.
O
Olvidamos que nos conocemos.
Se nos cae el viento.
Al fin, se rompe el encanto.
P
Puertas que se abren a patadas.
Ventanas que dejan la brisa acariciar mi cara.
Huecos donde pasa el aire listo para ser contaminado.
lunes 26 de enero de 2009
Domingo norteamericano
La radio suena a un volumen medio. El olor del café traspasa las puertas de las habitaciones, mientras en el horno se cocina una tarta de manzana para la reunión vespertina semanal. Un Domingo más de invierno en Memphis.
La bandera hondea orgullosa en el jardín de los Henderson, y mientras la hacendosa madre, con una sonrisa de anuncio, glasea con azúcar en polvo unas magdalenas, Victor, cabeza de familia, recoge las hojas caídas del césped y las amontona, parsimoniosamente, en dos grandes y bellos montones color marrón.
Su hija mayor, de nueve años, Nina, sueña con ser astronauta y surcar, algún día, el espacio exterior. A menudo convierte las cajas de huevos que su madre vacía en naves espaciales que atraviesan la atmósfera. Ahora, disfrutando de unos energéticos cereales con leche, mira junto a su hermano pequeño Robbie el Show del capitán América por el canal 10.
El repartidor de periódicos saluda amable y lanza enrollado el grueso ejemplar dominical del Memphis Advertiser, que incluye magazine y sección ampliada de deportes.
Los Bulls han perdido todos los encuentros de lo que llevamos de mes y han abandonado ya todas sus opciones de disputar los play offs esta temporada.
Lincoln, amigo de la familia es el primero en llegar junto a su encantadora esposa Amy. Tres jarras de ponche y unos bombones de castaña.
Con diez minutos de diferencia llegan los Bates y los Nichols.
Ellos juegan a las cartas, mientras las mujeres conversan sentadas en el sofá del salón. La televisión, suena de fondo sin que ni unos ni otros le presten atención alguna.
… Las rancheras aparcadas frente a los dos montones de hojas secas.
… Un esporádico automóvil atraviesa la calle a la velocidad indicada.
Se oculta lentamente el sol de este apacible domingo, y la vida escrita, o descrita, fijada o prefijada sigue su curso.
El joven Robbie, mira los dibujos de un libro de cuentos ilustrados de los hermanos Green.
Nina, lee al borde del llanto un articulo del suplemento del periódico escrito por un desaprensivo sin rigor titulado
“¿Llegó realmente el hombre a la luna?”.
La bandera hondea orgullosa en el jardín de los Henderson, y mientras la hacendosa madre, con una sonrisa de anuncio, glasea con azúcar en polvo unas magdalenas, Victor, cabeza de familia, recoge las hojas caídas del césped y las amontona, parsimoniosamente, en dos grandes y bellos montones color marrón.
Su hija mayor, de nueve años, Nina, sueña con ser astronauta y surcar, algún día, el espacio exterior. A menudo convierte las cajas de huevos que su madre vacía en naves espaciales que atraviesan la atmósfera. Ahora, disfrutando de unos energéticos cereales con leche, mira junto a su hermano pequeño Robbie el Show del capitán América por el canal 10.
El repartidor de periódicos saluda amable y lanza enrollado el grueso ejemplar dominical del Memphis Advertiser, que incluye magazine y sección ampliada de deportes.
Los Bulls han perdido todos los encuentros de lo que llevamos de mes y han abandonado ya todas sus opciones de disputar los play offs esta temporada.
Lincoln, amigo de la familia es el primero en llegar junto a su encantadora esposa Amy. Tres jarras de ponche y unos bombones de castaña.
Con diez minutos de diferencia llegan los Bates y los Nichols.
Ellos juegan a las cartas, mientras las mujeres conversan sentadas en el sofá del salón. La televisión, suena de fondo sin que ni unos ni otros le presten atención alguna.
… Las rancheras aparcadas frente a los dos montones de hojas secas.
… Un esporádico automóvil atraviesa la calle a la velocidad indicada.
Se oculta lentamente el sol de este apacible domingo, y la vida escrita, o descrita, fijada o prefijada sigue su curso.
El joven Robbie, mira los dibujos de un libro de cuentos ilustrados de los hermanos Green.
Nina, lee al borde del llanto un articulo del suplemento del periódico escrito por un desaprensivo sin rigor titulado
“¿Llegó realmente el hombre a la luna?”.
sábado 24 de enero de 2009
Hairman, el dandy del "Clarks"
Durmió treinta noches en el mismo cobertizo. Robert Warren Hairman, durante el irrisorio intervalo de tiempo que baila desde el invernal y letal frío de Febrero hasta los primeros días soleados del tercer mes del año, tuvo tiempo para convertir el “Establo de la Muerte”, que es como se dio a conocer su funesto escondrijo por parte de la prensa de todo el mundo, en un templo dedicado a la distinguida señora Calvinni.
Su metro ochenta de elegante y empacada imagen, su mirada, a veces perdida y reinterpretada por su víctima como símbolo inequívoco de reflexión, y su melena fosca y castaña de cincuenta y dos años, le convirtieron en uno de los buscones más deseados por las separadas y las viudas del “Carks”.
Desde la más coqueta y presumida como la señora de Robertson, conocida entre los camareros del Red Light como “La viudita del liguero” hasta la más estirada, la bella y hierática profesora de piano Margaret Frears, a la que tuvo el honor de brindarle por primera vez, el sabor y el delirio de la carne y el sexo, caían locamente enamoradas del apuesto caballero de ojos verdes.
La tarde del último día del año 1967, mientras la ciudad se engalanaba para festejar entre vítores y alharacas la nochevieja, mientras las señoras rellenaban sus perfumadores de cristal y elegían con precisión sus vestidos de fiesta, Warren preparaba frente al espejo del baño de la habitación número 6 del Motel Royal una pueril declaración de amor.
La persona elegida para descubrirle sus ingenuos sentimientos, era la señora Calvinni. Veinte años mayor que él, con apetito atroz tras la puerta de la alcoba, con bellos ojos grandes y negros camuflados por las bolsas delatoras de la edad, boca grande y libre, y manos largas. Activas.
El pelo de su débil melena gris, recogido siempre para el resto, le caía hasta el trasero. Las cortinas la habitación se movían suavemente dejando entrar a través de la ventana entornada, suaves ráfagas de frío.
…Con el único abrigo de los brazos de Warren, con su sexo mayor esperando, con su boca tocando la almohada, sus manos agarrando los picos de las sábanas. Sus ojos entreabiertos de placer, labios húmedos, presión de mandíbulas, la alfombra caliente sobre el suelo helado de invierno.
Warren, tras amarla como nunca antes lo había hecho y después de dudar sobre la idoneidad del momento, se dispuso a revelarle, con un cigarrillo sin filtro entre los labios, el amor secreto que profesaba.
La señora Calvinni, todavía desnuda, escuchó sus palabras sinceras, pensó durante unos minutos y bebió de una copa de vino tinto.
Warren recibió una respuesta nada satisfactoria, que llenó sus ojos verdes de lágrimas. Avergonzado, fue vistiéndose lentamente sin mediar palabra. Sin mirarla a la cara, salió de la habitación. Al atravesar su apartamento, sintió por primera vez, según sus declaraciones tras ser detenido, “el implacable deseo, la dulce tentación” de acabar con la vida de su amada.
Un mes de remordimientos y batallas oscuras del pensamiento, le apartaron del “Clarks”. No quería cruzarse con mujer alguna, no quería soportar el rubor, ni los susurros ni los comentarios.
Conocidos dijeron en la causa que Warren dejó de hablar y que el deterioro físico que sufrió durante aquel mes, comenzó con una crisis auditiva aguda que le dejó prácticamente sordo.
La mañana del primer día de Febrero decidió, dando un paso hacia delante en busca del remedio a sus turbios pensamientos, salir a caminar.
Llovía intensamente y los paraguas convirtieron la concurrida Calle Lavilla en un ir y venir, en una gran marea multicolor.
Entre la gente adivinó un vestido, que ocultaba unas curvas conocidas, unos huesos ya devorados, unas piernas abiertas con suma devoción anteriormente.
Aquel recogido de débil pelo gris sostenido con una llamativa diadema de brillantes, paseaba de la mano de un hombre pequeño. Warren siguió a la pareja desde la acera contraria.
En el semáforo de la intersección de Lavilla y Av. Simon pararon frente a frente. Entonces Warren fue adoptando una postura extraña, encorvada, sus cejas se elevaron, sus ojos verdes perdieron el brillo y se convirtieron en pardos. El vello empezó a brotar en su cara, los tendones tiraban de sus extremidades. Sus puños se abrían y se cerraban una y otra vez. Las uñas crecieron sucias, sus dientes se tornaron amarillos y el traje que el entendía flamante, se mostró en su verdadero estado. Coderas roidas por sus propias muelas. Sucios despojos.
Warren había muerto hacía treinta y un días, y había resucitado en aquel semáforo de invierno en el reflejo de un escaparate.
Miró al asfalto, y comenzó a caminar descalzo, clavándose los guijarros de la carretera. Levantó la mirada desde el suelo con el pelo sobre la cara, se paró frente a la señora Calvinni y su atemorizada pareja que no levantaba dos palmos de altura, y empezó a olisquear su vestido como un perro encontrando a una hembra en celo, sin que se ella pudiera adivinar su rostro todavía.
Tocó el encaje de su vestido negro. Erecto, empapó las yemas de sus dedos en recuerdos y continuó hasta el escote. Entonces se descubrió ante ella.
El miedo y el asco contenido, se convirtieron en un grito sordo y en una lágrima que surcó el pómulo derecho, sonrojado por el viento y el frío, de la señora Calvinni.
- Hola mi dama… mírame. Míra bien lo que me has hecho, dijo.
Levantó su mano y secó la lágrima. Dirigió el índice a su boca, que indefensa se abría y le dejaba entrar.
- Te llevaste el gato al agua, ¿eh? ¿Por qué no hacerlo otra vez, aquí mismo?
Ella nunca podrá confirmarlo, pero según las palabras de Robert Warren en el juicio posterior, al cual se presentó sin defensa y como culpable, ella jugó con su dedo sucio metido en la boca durante aquel encuentro.
El claxon de los automóviles que no habían conseguido sortear a la pareja y al monstruo, sonaron irritantes.
- Volveremos a estar juntos, mi dama… Le susurró antes de correr, contrahecho, hasta la vereda y perderse entre los paraguas multicolores y las callejas mojadas.
En el Royal Motel no supieron más de él. Nadie supo más de él hasta que fue detenido por la policía el 5 de Marzo.
Dos noches más tarde del encuentro, después de robar una furgoneta y localizar en las afueras de la ciudad, en el límite oeste con la ruta 61, una granja abandonada y vacía, aparcó frente al 629 de la calle Butelle.
- Esperé a que “el hombrecillo” se marchase y bajé del coche. Me arrodillé para que a través del cristal opaco de su puerta, no pudiera adivinar el intercambio. Entonces ella abrió la puerta cepillándose su débil melena gris…
El acusado saltó sobre ella como un felino y la tiró al suelo con la puerta abierta.
-Quiéreme, dijo. Quiéreme más que a cualquier otro. ¡Quiéreme de una vez!
Entonces el acusado se quitó el abrigo largo que vestía y la cubrió para llevarla hasta el furgón robado con matricula 15289-33 de Memphis, Tennessee. Condujo durante una hora y diez minutos hasta la Granja Morris, desocupada desde el año 1963, donde en el cobertizo de la misma, retuvo encadenada a la señora Calvinni, hasta el día que decidió acabar con su vida.
Durante el mes de Febrero, según demuestra la autopsia, el acusado y su victima establecieron relaciones sexuales hasta el día de la muerte por asfixia.
- La quería locamente. Locamente, dijo Warren, el monstruo, antes de que el Juez Marvin Joseph Jackson dictara sentencia.
Tras cuatro meses en prisión, el recluso 24601, Robert Warren Hairman, era conducido a la horca, donde a las 20 horas del día 15 de Julio, era ajusticiado.
Su metro ochenta de elegante y empacada imagen, su mirada, a veces perdida y reinterpretada por su víctima como símbolo inequívoco de reflexión, y su melena fosca y castaña de cincuenta y dos años, le convirtieron en uno de los buscones más deseados por las separadas y las viudas del “Carks”.
Desde la más coqueta y presumida como la señora de Robertson, conocida entre los camareros del Red Light como “La viudita del liguero” hasta la más estirada, la bella y hierática profesora de piano Margaret Frears, a la que tuvo el honor de brindarle por primera vez, el sabor y el delirio de la carne y el sexo, caían locamente enamoradas del apuesto caballero de ojos verdes.
La tarde del último día del año 1967, mientras la ciudad se engalanaba para festejar entre vítores y alharacas la nochevieja, mientras las señoras rellenaban sus perfumadores de cristal y elegían con precisión sus vestidos de fiesta, Warren preparaba frente al espejo del baño de la habitación número 6 del Motel Royal una pueril declaración de amor.
La persona elegida para descubrirle sus ingenuos sentimientos, era la señora Calvinni. Veinte años mayor que él, con apetito atroz tras la puerta de la alcoba, con bellos ojos grandes y negros camuflados por las bolsas delatoras de la edad, boca grande y libre, y manos largas. Activas.
El pelo de su débil melena gris, recogido siempre para el resto, le caía hasta el trasero. Las cortinas la habitación se movían suavemente dejando entrar a través de la ventana entornada, suaves ráfagas de frío.
…Con el único abrigo de los brazos de Warren, con su sexo mayor esperando, con su boca tocando la almohada, sus manos agarrando los picos de las sábanas. Sus ojos entreabiertos de placer, labios húmedos, presión de mandíbulas, la alfombra caliente sobre el suelo helado de invierno.
Warren, tras amarla como nunca antes lo había hecho y después de dudar sobre la idoneidad del momento, se dispuso a revelarle, con un cigarrillo sin filtro entre los labios, el amor secreto que profesaba.
La señora Calvinni, todavía desnuda, escuchó sus palabras sinceras, pensó durante unos minutos y bebió de una copa de vino tinto.
Warren recibió una respuesta nada satisfactoria, que llenó sus ojos verdes de lágrimas. Avergonzado, fue vistiéndose lentamente sin mediar palabra. Sin mirarla a la cara, salió de la habitación. Al atravesar su apartamento, sintió por primera vez, según sus declaraciones tras ser detenido, “el implacable deseo, la dulce tentación” de acabar con la vida de su amada.
Un mes de remordimientos y batallas oscuras del pensamiento, le apartaron del “Clarks”. No quería cruzarse con mujer alguna, no quería soportar el rubor, ni los susurros ni los comentarios.
Conocidos dijeron en la causa que Warren dejó de hablar y que el deterioro físico que sufrió durante aquel mes, comenzó con una crisis auditiva aguda que le dejó prácticamente sordo.
La mañana del primer día de Febrero decidió, dando un paso hacia delante en busca del remedio a sus turbios pensamientos, salir a caminar.
Llovía intensamente y los paraguas convirtieron la concurrida Calle Lavilla en un ir y venir, en una gran marea multicolor.
Entre la gente adivinó un vestido, que ocultaba unas curvas conocidas, unos huesos ya devorados, unas piernas abiertas con suma devoción anteriormente.
Aquel recogido de débil pelo gris sostenido con una llamativa diadema de brillantes, paseaba de la mano de un hombre pequeño. Warren siguió a la pareja desde la acera contraria.
En el semáforo de la intersección de Lavilla y Av. Simon pararon frente a frente. Entonces Warren fue adoptando una postura extraña, encorvada, sus cejas se elevaron, sus ojos verdes perdieron el brillo y se convirtieron en pardos. El vello empezó a brotar en su cara, los tendones tiraban de sus extremidades. Sus puños se abrían y se cerraban una y otra vez. Las uñas crecieron sucias, sus dientes se tornaron amarillos y el traje que el entendía flamante, se mostró en su verdadero estado. Coderas roidas por sus propias muelas. Sucios despojos.
Warren había muerto hacía treinta y un días, y había resucitado en aquel semáforo de invierno en el reflejo de un escaparate.
Miró al asfalto, y comenzó a caminar descalzo, clavándose los guijarros de la carretera. Levantó la mirada desde el suelo con el pelo sobre la cara, se paró frente a la señora Calvinni y su atemorizada pareja que no levantaba dos palmos de altura, y empezó a olisquear su vestido como un perro encontrando a una hembra en celo, sin que se ella pudiera adivinar su rostro todavía.
Tocó el encaje de su vestido negro. Erecto, empapó las yemas de sus dedos en recuerdos y continuó hasta el escote. Entonces se descubrió ante ella.
El miedo y el asco contenido, se convirtieron en un grito sordo y en una lágrima que surcó el pómulo derecho, sonrojado por el viento y el frío, de la señora Calvinni.
- Hola mi dama… mírame. Míra bien lo que me has hecho, dijo.
Levantó su mano y secó la lágrima. Dirigió el índice a su boca, que indefensa se abría y le dejaba entrar.
- Te llevaste el gato al agua, ¿eh? ¿Por qué no hacerlo otra vez, aquí mismo?
Ella nunca podrá confirmarlo, pero según las palabras de Robert Warren en el juicio posterior, al cual se presentó sin defensa y como culpable, ella jugó con su dedo sucio metido en la boca durante aquel encuentro.
El claxon de los automóviles que no habían conseguido sortear a la pareja y al monstruo, sonaron irritantes.
- Volveremos a estar juntos, mi dama… Le susurró antes de correr, contrahecho, hasta la vereda y perderse entre los paraguas multicolores y las callejas mojadas.
En el Royal Motel no supieron más de él. Nadie supo más de él hasta que fue detenido por la policía el 5 de Marzo.
Dos noches más tarde del encuentro, después de robar una furgoneta y localizar en las afueras de la ciudad, en el límite oeste con la ruta 61, una granja abandonada y vacía, aparcó frente al 629 de la calle Butelle.
- Esperé a que “el hombrecillo” se marchase y bajé del coche. Me arrodillé para que a través del cristal opaco de su puerta, no pudiera adivinar el intercambio. Entonces ella abrió la puerta cepillándose su débil melena gris…
El acusado saltó sobre ella como un felino y la tiró al suelo con la puerta abierta.
-Quiéreme, dijo. Quiéreme más que a cualquier otro. ¡Quiéreme de una vez!
Entonces el acusado se quitó el abrigo largo que vestía y la cubrió para llevarla hasta el furgón robado con matricula 15289-33 de Memphis, Tennessee. Condujo durante una hora y diez minutos hasta la Granja Morris, desocupada desde el año 1963, donde en el cobertizo de la misma, retuvo encadenada a la señora Calvinni, hasta el día que decidió acabar con su vida.
Durante el mes de Febrero, según demuestra la autopsia, el acusado y su victima establecieron relaciones sexuales hasta el día de la muerte por asfixia.
- La quería locamente. Locamente, dijo Warren, el monstruo, antes de que el Juez Marvin Joseph Jackson dictara sentencia.
Tras cuatro meses en prisión, el recluso 24601, Robert Warren Hairman, era conducido a la horca, donde a las 20 horas del día 15 de Julio, era ajusticiado.
La prensa y la ciudadanía festejaron el final del Dandy del “Clarks”.
martes 20 de enero de 2009
Cerca de Stanford Bridge
Westley Wallace nació cerca de Stanford Brigde, Londres, en el año 1979. En unos meses alcanzará la treintena y piensa con resignación que cuando la cifra mágica le llegue al permiso de conducir y al fin deje de ser un veinteañero, todavía no habrá visto el sol iluminar la capital inglesa.
Westley Wallace suele sentarse a leer en el cementerio que linda con el estadio. Sus primas, las gemelas Laura y Lora de veinte años, hacen footing todas las mañanas en el cementerio que linda con el estadio, sus padres pasean los domingos de primavera por los preciosos caminos custodiados por hileras infinitas de cipreses en el cementerio que linda con el estadio. Todos los habitantes del barrio, según las estadísticas del Netmouth Studio, pasan al menos diez veces al año por el empedrado de la avenida central del cementerio que linda con el estadio y muchas de las mujeres de la zona han destrozado al menos dos o tres veces un par de zapatos de tacón en el trayecto.
- No caben muertos aquí, para tanto visitante, dice Earl Bowles, uno de los guardianes con turno de mañana.
- La gente hace pic-nic, los niños juegan a la pelota y en verano las chicas se tumban a tomar el sol.
"Las mujeres que se tumban en las tumbas, desoladas por el sol que no solea" escribe el bueno de Westley Wallace en el margen derecho de la pagina trece de un libro de poemas de Rilke. "¿De que sol hablará este borracho?" piensa.
La brisa pasea entre los nichos alegres del cementerio.
Las gradas de Stanford Bridge se van llenando, y el murmullo de miles de personas se convierte en el ir y venir de las olas enredadas en la orilla del mar, helado sin duda, durante estos primeros días del año.
Westley Wallace, apoyado siempre en la lápida de la señora Gloster, que casi forma ya parte de la familia, tiene su primera crisis existencial mientras el delantero local Didier Drogba fusila al cancerbero del humilde Stocke City desde el punto de penalty.
lunes 29 de diciembre de 2008
Viaje de ida
I- Amanece desde el tren. Punto y seguido
.
La primera luz del día, quiere iluminar, tenue, las copas de los árboles.
No se si es nieve o escarcha. No se la diferencia.
Los azules pardos, los románticos claros del bosque nevados, me recuerdan fugazmente a los cuadros de Friedrich. Al levantar la vista de la revista de viajes donde escribo, hay mas luz, y comienzo a adivinar los cables del tendido eléctrico. En la ventana se reflejan las espaldas de otros viajeros que ignoran la bella estampa que a pocos metros, que tan cerca y tan lejos de ellos al mismo tiempo, se produce.
Este placentero y paulatino amanecer me está serenando. El diacepán hace lo suyo/ toca las palmas.
.
II- Detalle pseudo modernista de estación
.
Disfruto del hierro frío y rugoso. La textura quiere recordarme a la lija, en cambio, me resisto a evocar cuando fue la última vez que tuve el aspero papel entre mis dedos.
El final de la barandilla es esplendido. Me tumbo en su curvatura. Disfruto de sus juegos geométricos sin esquinas
.
III- No tittle
.
El tren atraviesa ahora una ciudad. Hileras de edificios de suburbio, tapias y cementerios diminutos, son ahora iluminados con la fuerza de los primeros rayos directos del sol. La sombra de los vagones, inmóvil y veloz al mismo tiempo, se proyecta sobre una interminable nave industrial.
Paredes con graffitis, polígonos muertos. Niebla.
Irrumpe una mastodóntica fábrica. Todavía no es de día.
.
IV- Pregunta
.
¿Cuantas veces habrá visto amanecer, cuantas veces habrá caído deslumbrado por el primer sol de mañana el viejo hangar de locomotoras?
.
V- Campos helados
.
Noto como por minutos, por segundos, se eleva el sol. La luz ya no es amarilla.
La sombra del tren en unos campos de trigo helados, me sigue causando curiosidad. Me encantaría desmenuzar esta extraña atmósfera más tiempo. Se que es imposible.
.
VI- Estación
.
Las espigadas elices de las centrales eólicas a contraluz, se convierten en flashazos que deslumbran al pasaje. Un estúpido baja la cortina y duerme.
Ahora hay un par de vías muertas, troncos grises apilados en montones y extrañas máquinas oxidadas. La hierba parece ceniza. La escarcha ha teñido los brotes del terraplén.
Ahora llego a una pequeña estación. Solo hay vagones de carga pintados. Edificios que hace tiempo, mucho tiempo, sirvieron para algo.
Cristales rotos. Vías, piedras y más piedras.
Disfruto de esta naturaleza muerta.
.
VII- Instante
.
Una enorme chimenea de fábrica en desuso, un silo repleto de grano, los restos de una capilla en medio de la nada. Dos bloques de heno y una quitanieves. El tren se detiene.
.
VIII- No tittle
.
Llevamos varios kilómetros de hierba estéril y seca. El azul eléctrico y alto del cielo, baja hasta convertirse en un celeste pálido, casi blanco. Unos montes nevados se levantan al fondo.
No han repartido todavía los auriculares y la película va ya por la mitad.
.
IX- Llegando a casa
.
Abandonamos los monótonos campos color amarillo. Ahora, los montes empiezan, bravos, a elevarse. Sus picos, teñidos de gris y blanco, muestran el camino hacia el norte. El norte amado.
El cuerpo me pide calma, pero el latido se duplica, los labios se secan y mis ojos se abren.
Jamás había disfrutado tanto un viaje de ida.
jueves 11 de diciembre de 2008
Trayectos

El traslado, la marcha, el transito, el viaje, la ida o la vuelta…
Que curiosos, momentos en vilo, los que vivimos. O más bien no vivimos mientras suceden los recorridos, los trayectos.
La mayoría de las veces queremos llegar o no queremos partir. El viaje nos incomoda, el movimiento nos perturba. Y desgraciadamente nos pasamos un alto porcentaje de nuestra vida en ello.
8:58 -Estaciones
El joven Lincoln, enfundado en un anorak verde con cuello de piel y un gorro de lana, baja las escaleras del Metropolitano. Entre muchos otros anoraks, entre muchos otros gorros de lana, alarga el brazo hasta agarrar con fuerza una de las barras de seguridad del tercer vagón empezando por la cola. El mismo, todos los días.
Alguna cara conocida, rostros que vagamente se instalan en la retina, que no tienen voz. Que están callados.
Encuentros que comienzan con el nombre de una estación y terminan con el de otra. Fugaces figuras que transcurren, intérpretes que pasean, ejecutantes que no ejecutan. Siluetas trazadas que, como él mismo sabe, están dibujadas a golpe de apeadero.
9:37 -Patología
Jeff baja la bandera todas las mañanas a la intempestiva hora de las seis y media. Nunca ha salido de la ciudad porque tiene miedo a viajar. Su caso de agorafobia no está asociado a los espacios abiertos, que disfruta a menudo con sus dos hijas Tina y Sally y su mujer Stacy.
La patología es algo más rebuscada, ciertamente extraña. Salir de Memphis le provoca ansiedad, pero transitar por sus calles, pasear su asfalto con el taxi le da la calma. Curioso el caso de Jeff, que odia los traslados y se ha pasado más de la mitad de su vida yendo de un sitio a otro.
13:32 -Hora de volver
El timbre suena. La sirena dicta.
Es hora de salir.
El autobús espera, el pitillo atropellado que ella sujeta entre los dedos se fuma solo, se lo lleva el aire.
Tiene los labios cortados. El frío de invierno.
…Tararea mientras tirita.
Ella le mira, él aguanta el envite.
Ella le mira, él aguanta el envite.
Parece que hay veces que ir o volver sirve para algo, me digo viendo el numerito desde un banco de piedra.
miércoles 10 de diciembre de 2008
Confesión de Hotel o La última noche de “Memphis Caravan”

El concierto terminó a eso de las doce, y sobre la una llegamos aquí, así que no debemos de estar muy lejos de la ciudad.
El hotel de esta noche no es gran cosa comparado con otros, pero es confortable. Tiene máquina de hielo en la entrada, cafetera de puchero y televisión por cable. Todo un lujo por treinta y tres pavos al que el “Nice”, el mánager de la banda, no se pudo negar.
Él y yo tenemos habitaciones independientes. Los músicos comparten tres dormitorios de dos camas, también con cafetera y tv. de 24 pulgadas.
Mathew “The Cop” duerme, desde que se hizo con la minibús hace quince años, en el último asiento arropado con una manta eléctrica que compró de saldo en un mercadillo de New Haven.
Hoy hace mucho frío, aunque es 21 de Abril.
Los primeros temas del recital quedaron muy bien. El público se entregó como si fuera el último de los conciertos y corearon con pasión el estribillo de “A Part of Me” y “Lumiere”. Todo salió a pedir de boca.
El reloj que hay encima de la puerta, marca ahora las 5:42. Se escucha esporádicamente algún camión ahí fuera, pero todo está en calma. Naturalmente. Es de noche, pienso.
En la mitad del espectáculo, tuvimos un problema con el generador y la corriente de las luces del escenario. La oscuridad ayudó a que el ambiente fuera más denso, a que el piano de Rodick tuviera más cuerpo. Cuando volvieron los focos, me empeñé en que siguieran apagados hasta el final del tema.
Todo parece apacible. Pero hay algo que no funciona bien y no alcanzo a saber que es. Me enervo, me debilito. El desconocimiento me ciega y tiro del whisky del minibar. No tengo la fuerza suficiente para ir a por el hielo así que el licor corta, a su paso, mis cuerdas castigadas por el humo. Fumo. Camino. Vuelvo a la cama. Sigo bebiendo.
Pienso en mi casa, en los niños, en George, mi marido.
Abro la ventana y dejo que el frío se haga con mi pecho.
Quiero que me impida cantar, que me condene al silencio del enfermo, a la voz entrecortada del infectado. Quiero que me amordacen los virus.
El cristal es tan fácil de quebrarse. El equilibrio se pierde con tanta facilidad, es tan sencillo tirarlo todo por la borda…
Hay un lobo que quiere salir y mira al techo de esta habitación.
Enciendo el ventilador que gira cinematográfico ante mis ojos. Golpeo con fuerza el colchón. Sigo mirando al techo. Odio el insomnio de hotel, detesto el hilo musical que ha sonado para mi en los últimos días.
Y esto tiene que acabar...
Pienso, mientras escribo estas líneas y surgen los primeros rayos de sol, que no será difícil sobornar al conserje del hall para que coja su coche y aleje a una bella, anque castigada, chica como yo de toda esta mierda.
.
MEMPHIS CARAVAN, (1970-1976)
Stacy Hoffman: voz
Andrew Rodick: teclados
Leo Keefer: Guitarra
Jhonny Lemon: batería
En sus seis años de duración destacaron por una carrera prolífica y llena de éxitos. Memphis Caravan se disolvió después de su última gira por los Estados Unidos el 30 de Abril de 1976.
martes 9 de diciembre de 2008
Hello to the cities

Hello to the cities I
Siempre me han atraído los mapas. Las magníficas cuadrículas que esconden en sus esquinas, en sus callejas, en sus esporádicos parques, historias diversas, menores, casi anónimas.
Observo con detenimiento la primera página de un libro de Ed Ruscha y el plano del “centro” de Los Ángeles.
La Paramount Pictures, un callejón a tres o cuatro manzanas llamado La Vista, el Hollywood district, Subset Blvd…
Amo esta ciudad y ni siquiera la he visitado. Me gustan con locura todas las ciudades. Sus nombres no importan, su situación geográfica me es indiferente. Conozco sus calles, lo que sucede en sus avenidas. He escrito lo que acontece en sus bulevares, en sus plazas. He inventado alguno de sus edificios y he descrito con meticulosidad a los más anodinos e inertes de sus habitantes.
En Fountain Av. y Sicamore St., justo en el pliegue de las páginas del libro de Ruscha, se fragua ahora mismo el robo del banco central. A trescientos metros, en el Cherokee Ct. un par de chicos trafican coca con un ejecutivo al que no van a dejar salir vivo y al que además, ningún ajetreado ciudadano angelino parará a socorrer.
Siempre me han atraído los mapas. Las magníficas cuadrículas que esconden en sus esquinas, en sus callejas, en sus esporádicos parques, historias diversas, menores, casi anónimas.
Observo con detenimiento la primera página de un libro de Ed Ruscha y el plano del “centro” de Los Ángeles.
La Paramount Pictures, un callejón a tres o cuatro manzanas llamado La Vista, el Hollywood district, Subset Blvd…
Amo esta ciudad y ni siquiera la he visitado. Me gustan con locura todas las ciudades. Sus nombres no importan, su situación geográfica me es indiferente. Conozco sus calles, lo que sucede en sus avenidas. He escrito lo que acontece en sus bulevares, en sus plazas. He inventado alguno de sus edificios y he descrito con meticulosidad a los más anodinos e inertes de sus habitantes.
En Fountain Av. y Sicamore St., justo en el pliegue de las páginas del libro de Ruscha, se fragua ahora mismo el robo del banco central. A trescientos metros, en el Cherokee Ct. un par de chicos trafican coca con un ejecutivo al que no van a dejar salir vivo y al que además, ningún ajetreado ciudadano angelino parará a socorrer.
En el pequeño parque de enfrente, en De Longpre Av. está montado en un columpio el futuro gobernador de California, que ahora solo tiene cinco años. La mujer que sin interés alguno cuida del crío, ha tenido que saltar el muro junto a otras treinta personas, tirarse al suelo varias veces para conseguirlo y conserva desde entonces una denterosa cicatriz en la espalda, culpa del alambre de espino de la frontera, que no deja ver a nadie ni siquiera en verano. Ella desde entonces odia la playa.
Una pareja se besa en “El Floridita”, un camarero es insultado impunemente por un publicista en el exclusivo Wilshire Country Club y un chofer espera a un viajero nipón, que fotografía con cara sonriente las manos de Greta Garbo en el Walk of fame de Hollywood Blvd.
Al mismo tiempo, a un par de kilómetros de allí, un tipo lanza su caña de pescar sentado a los pies de la apacible laguna Hampshire junto a su entrañable, simpático y regordete hijo Paul, que de mayor quiere ser bombero como papá.
Siempre me han atraído los mapas. Las magníficas cuadrículas que esconden en sus esquinas, en sus callejas, en sus esporádicos parques, historias diversas, menores, casi anónimas.
Una pareja se besa en “El Floridita”, un camarero es insultado impunemente por un publicista en el exclusivo Wilshire Country Club y un chofer espera a un viajero nipón, que fotografía con cara sonriente las manos de Greta Garbo en el Walk of fame de Hollywood Blvd.
Al mismo tiempo, a un par de kilómetros de allí, un tipo lanza su caña de pescar sentado a los pies de la apacible laguna Hampshire junto a su entrañable, simpático y regordete hijo Paul, que de mayor quiere ser bombero como papá.
Siempre me han atraído los mapas. Las magníficas cuadrículas que esconden en sus esquinas, en sus callejas, en sus esporádicos parques, historias diversas, menores, casi anónimas.
.
Hello to the cities II

En Plummer Park juegan al baseball todos los sábados por la mañana, los chicos del St. Andrews Rangers. Lewis, el mejor bateador de la clase, disputa ahora su último partido. Sus padres han decidido marcharse de la ciudad a la pequeña localidad de El Tallo, Nuevo Méjico. La salud de la abuela ha empeorado y Juana, su madre, quiere acompañarla en sus meses finales. El pequeño Lewis que vive por y para el baseball, tendrá que abandonar a sus amigos. Les dedica una sensacional carrera y se despide entre vítores y alabanzas. Nunca olvidará los edificios que se ven, segundos después de golpear con fuerza la pelota, desde la primera base.
Entre el público está Mallorie, la madre de Tito. Su esposo se marchó con una encantadora vendedora de libros y ella sola se tiene que encargar del simpático lanzador apodado “el tigre de St. Andrews” por su fiereza tirando la bola y por sus dos pequeñas manchas pardas, simétricas, que tiene en los carrillos.
Conjuga su trabajo de traductora con sus labores de madre y cabeza de familia. Se le hace muy cuesta arriba esta vida y de vez en cuando, en la soledad de la noche, mientras “el tigre” duerme, derrama unas lágrimas. Hace unas semanas en el supermercado del barrio, un tipo de cuarenta y tantos, al pasarle un bote de crema de cacahuete de un estante al que ella no llegaba, le acarició la mano derecha. Está contenta y antes de dormir, casi siempre desde entonces, piensa en la sonrisa de aquel apuesto personaje y en lo que pudo ser y no fue.
Una de las cajeras del supermercado ha venido a Los Ángeles desde Tulsa para ser actriz y hacerse un hueco en el mundo del espectáculo. Se llama Lizzie, tiene una esbelta figura, pechos firmes y con diecisiete años ya se ha tenido que enfrentar a un par de peces gordos con promesas de éxito, que le han ofrecido trabajo a cambio de un par de horas en la suite de un hotel.
Todavía no ha sido elegida. Todas las tardes, al salir del trabajo y llegar al piso compartido donde vive, cuidadosamente cuelga su uniforme en el armario y se echa un par de gotas de “Agua de Rosas”, su perfume favorito, antes de ir a la pequeña escuela “Acting & Laughting” de Beachwood st. Cerca de los estudios de la Paramount.
Sueña como la Marylin de los últimos días, con que en algún momento la contraten, no por su belleza y si por sus habilidades interpretativas.
Pero sabe que a la mañana siguiente, como todos los días desde que llegó a L.A. el autobús numero 47, a dólar y medio trayecto, la volverá a dejar en la puerta del supermercado.
Eduardo, el conductor, es un hombre recto, de familia católica, y todos los meses, religiosamente, le lleva a Eleonora, su esposa, el sueldo que gana desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde trayendo y llevando almas en el Dodge con tres puertas y veinticinco plazas. Su clienta preferida, la señorita Scumm hace todos los días el recorrido casi completo.
El itinerario es inmutable. Comienza en el Robert Burns Park, en Beverly Blvd. y termina en la intersección de N. Fairfax Av. y Santa Mónica Blvd. justo en la esquina de la bolera “Criole”. Su hijo Máximo trabaja de taxista para la compañía L.A. Yellow Cab, y cada vez que sube a una clienta le mira las piernas por el espejo. Se repeina todas las mañanas igual que su padre, se santigua antes de salir de casa igual que su padre y hasta ahora, no ha tenido ningún incidente grave con ningún cliente. Muy al contrario. Sus ojos verdes a través del retrovisor, le han brindado más de una sorpresa…”Hay carreras que no tienen precio” comenta con su amigo DiMateo en la cafetería “Ricardo´s” del 6.700 de Vine St.
Y así, sucesivamente…
Siempre me han atraído los mapas. Las magníficas cuadrículas que esconden en sus esquinas, en sus callejas, en sus esporádicos parques, historias diversas, menores, casi anónimas.
jueves 20 de noviembre de 2008
La increible historia de un despertar
Antes de abrir los ojos, todavía tumbado, tocó el adoquín frío. Alargó la mano hasta palpar una caja de cartón, como si buscara una almohada. Entonces despertó.
Su primera imagen fue la escalera de incendios. Deslizó, sin comprender, su mirada hasta llegar a una puerta trasera. Al fondo, los taxis y los automóviles, emulaban el ruido del mar.
Miró sus manos con atención, trató de recordar dónde y cuándo había comprado esos pantalones de pana verde. Estaba tumbado sobre un charco.
El cielo estaba nublado y ahí fuera, mas allá del callejón, había una ciudad que no conocía, un universo que no le sonaba...
Ya de pié, dispuesto a salir al mundo, metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta. En la cartera había setenta y cinco dólares en billetes, y un par en monedas de cuarto. No tenía documentos. No había tarjetas de crédito. Entonces, su temperatura empezó a subir.
Ni un mísero papel escrito para reconocer su letra.
No conocía su propia caligrafía.
Cerró los puños y miró fijamente la pared de ladrillo visto del edificio de la escalera de incendios.
Ni siquiera una servilleta con un teléfono o una fecha, ni una foto para reconocerse. Ni un nombre.
Más allá de la red metálica que le impedía caminar bajo el puente había habitáculos similares al suyo. Pero esos no tenían salida a la calle. Le faltaba el aire y sus piernas empezaban a temblar ligeramente. Entonces, violentamente, golpea el muro con las dos manos y la emprende a patadas con la caja de cartón.
Más allá de la red metálica que le impedía caminar bajo el puente había habitáculos similares al suyo. Pero esos no tenían salida a la calle. Le faltaba el aire y sus piernas empezaban a temblar ligeramente. Entonces, violentamente, golpea el muro con las dos manos y la emprende a patadas con la caja de cartón.
Ahora está en el suelo, con las piernas dobladas. Encogido.
Trata de trepar por la escalera, pero el primer peldaño está demasiado alto.
Los coches suenan ahí fuera, pero él no quiere mirar, no quiere darse la vuelta.
Los coches suenan ahí fuera, pero él no quiere mirar, no quiere darse la vuelta.
Vuelve al suelo, a encogerse.
Mira sus zapatos, descubre que tiene un cinturón con unas iniciales. Tiene un momento de esperanza. Y quiere salir.
Cierra los ojos con todas sus fuerzas y se empuja para escapar de esa pesadilla.
Oscuridad.
Oscuridad.
Oscuridad.
...Antes de abrir los ojos, todavía tumbado, tocó el adoquín frío. Alargó la mano hasta palpar una caja de cartón, como si buscara una almohada. Entonces despertó.
jueves 6 de noviembre de 2008
Lorraine Motel
La tarde del martes fue larga y fría. El cielo mostraba todo su esplendor monocromático, como en una fotografía antigua.
El parking vacío del Lorraine esperaba un par de notas de color.
Desde el pasillo, se podía escuchar la televisión de la 622.
Desde el pasillo, se podía escuchar la televisión de la 622.
La impostada voz del presentador del programa dedicado a las elecciones presidenciales del Canal 8 se alojaba en todos los rincones, su inconfundible sintonía.
Los sondeos daban como ganador al aspirante negro, por una amplia mayoría. En Memphis, nadie quería opinar al respecto.
Caía el cielo sobre el Motel Lorraine, y las esperanzas de sus esquinas, de sus pronunciadas esquinas a los ojos visitantes, parecían hacerse realidad con la llegada de la noche.
El luminoso está encendido. El viejo parking se ha llenado de curiosos que han decidido peregrinar hasta aquí, para pasar esta cita con la historia. Sin hacer mucho ruido, sin llamar la atención, la cafetería del Lorraine se ha convertido en un refugio de alegría contenida. De jubilo.
Jaleel, el conserje, se coloca su uniforme de gala antes de que den los primeros resultados.
Alguien mira orgulloso a su pueblo.
Corina, su mujer, se ha vestido para ir a la iglesia.
Alguien levanta el puño desde alguna parte.
Después de confirmarse el triunfo, todos juntos iran a rezar por el alma de reverendo.
Alguien levanta el puño desde alguna parte.
Después de confirmarse el triunfo, todos juntos iran a rezar por el alma de reverendo.
martes 28 de octubre de 2008
An Unconnected and stormy night in Memphis

Hoy llueve en este raro diario. El agua, que es sacra para muchos, ha limpiado los residuos y, como una escultura recién restaurada, me permito el lujo de echar la vista atrás.
Nadie sabe lo que escribo,
nadie es capaz de concebir que extrañas y oscuras criaturas pasan por mi cabeza y caen al despechado capacho del olvido.
Las letras que he juntado, las que he separado, las condenadas, no tienen la culpa de haber sido pertrechadas por el que implora.
Se merecen una segunda oportunidad.
Se merecen que el ocaso, les llegue más tarde que a su alegre e inconsciente creador.
Tal vez, que no les llegue nunca.
Nadie sabe lo que escribo.
Ni qué ronda por la bien obturada cámara del que habla.
Ni siquiera yo se si es la dichosa cámara la que refleja, la que emite, la que llama...
Rogar es de ladrones, robar es de cobardes, huir de temerosos y temer de malditos.
¿Donde estas, amigo mío, mientras llueve en la lejana Memphis?
¿Donde guardas el secreto te tu óptima sonrisa?
Los payasos tiemblan, mientras las bambalinas de tu templo se tambalean.
Tu corazón se excita y la estabilidad te falla.
¡Baila, querido mío, al son de las hojas muertas, que se mezclan con la lluvia y con la escoria!
¡Canta con los desperfectos de la historia!
¡Oh, a los mitos hechos hombres!
¡Oh, a las decepciones, apátridas como mi pueblo!
¡Oh, duros soldados, convertidos en cenizas!
Hoy llueve en este raro diario.
Hoy llueve en las botas de todas las mujeres que han pasado por mis sábanas.
Hoy moja mi pelo corto, el agua que nos ha de limpiar...
Que ha de expiar nuestros pecados.
lunes 27 de octubre de 2008
Pensado a las 5:15 en la Plaza de las Cortes. Escrito a las 23:00 en un Despacho oscuro
El sol que cae a mi espalda, estira mi achatada figura, y la espigada sombra que avanza dos o tres metros por delante, me convierte en un flaco y alto personaje, con botas de cowboy.
Se fragmenta al proyectarse sobre una verja.
Cada filosa barra de metal, se queda con una parte de mi durante un instante.
La rara luz otoñal de las cinco de la tarde,
La ciudad en llamas,
El seductor sonido del tráfico...
Ya no necesito las olas del mar,
tengo una transitada avenida a pocos metros.
Camino sin acelerar el paso. No necesito llegar a ninguna parte.
Voy mecido por el ir y venir de los autos, acunado por la sirena de una ambulancia, adormecido por el humo, drogado por el asfalto.
Sobrevivo como puedo a los pasos de cebra, aguanto quieto la luz roja de los semáforos, soporto las señales de tráfico, los contenedores.
El cielo de la ciudad no es el mismo de siempre, me digo...
Igual soy yo el que está cambiando.
Igual es hora de replantearse las cosas.
lunes 20 de octubre de 2008
Soldado en deconstrucción.
Nápoles. Entre el 2 y el 5 de Octubre de 1990
Massimo habla:
Ando perezoso.
Camino oscuro, paseo estéril y sin gracia.
Toco con la mano izquierda, el hierro helado.
Me alimento sin ganas, mientras todos trabajan.
Cultivo locuras, colecciono destrozos.
Dibujo caras con el dedo en los cristales mojados.
Espero.
Verdad, talento, virtud, caricias... Que palabras tan bellas... enumero en la servilleta.
Hago que leo.
Jamás terminé un libro.
...Tal vez un artículo.
Ando perezoso,
inconexo.
trucado
abatido
pero veo bien.
Le veo bien desde aquí.
Y mis versos se convierten en dibujos.
La camarera sirve café que no bebo. Realmente odio el café.
Tengo que mantenerme despierto y lo tomo como jarabe contra el desánimo.
Es un remedio infalible contra la lucidez.
"Dispara cuando salga de la cafetería. Antes de que pueda doblar la esquina".
Al Don le importa un bledo lo que un asalariado tenga en la cabeza antes de apretar el gatillo.
Al Don parece no importarle nada.
Miro en la carta de postres y me parece leer:
" Massimo, nació en Bagheria en 1960. Hijo de Fico y Julieta.
En la habitación de su hermano menor Emilio, hay un póster con la escuadra titular del flamante Nápoles de Maradona. Él adora el fútbol.
Tiene tres trajes, pero casi siempre usa ropa deportiva. Le gusta tomar vino blanco, pan integral y poca sal en las comidas.
Los martes por la tarde, en el bar de Angelo juega a las cartas. Es un tipo de costumbres.
Conoció a Eleonora, una chica coqueta y pizpireta. Soñó con crear una familia junto a ella y veranear en la costa del sol española. Rodeado de niños varones, y sin ostentar, se convertiría en poco tiempo en un hombre respetado. En un hombre de honor".
lunes 13 de octubre de 2008
El Plymouth de Tulsa
15 de Septiembre de 1957
La mañana ha amanecido soleada, y el río Arkansas azul, pero la ciudad está nerviosa. Todos los hombres y mujeres de Tulsa tenemos hoy, una cita con el futuro.
Celebramos los cincuenta años de nuestra ciudad. Medio siglo en el que nuestros padres y abuelos fundadores, han trabajado, han sudado por nosotros.
Han sufrido dos grandes guerras y un desplome económico, pero la grandeza del pueblo americano les ha ayudado a sobrevivir. Hemos sabido aguantar los tornados, la tiranía, la muerte. Hoy lo celebramos en comunidad.
El mundo actual es extraño. Las máquinas se han apoderado de nuestras cocinas, el progreso ha entrado sin avisar en nuestras casas. Las chicas se peinan distinto, la radio está cambiando y con todo, creo que vamos encaminados al mejor momento de nuestra joven pero arraigada historia. Las fabricas que se instalaron aquí el año pasado, han dado trabajo a muchos de los buenos hombres de Tulsa, que con su esfuerzo y la ayuda de Dios, nos harán más fuertes.
En recuerdo de todos ellos, y en conmemoración de nuestros cincuenta años, le haremos un regalo al futuro. Los habitantes de Tulsa del siglo XXI, estarán más cerca de estos momentos de cambio cuando en el lejano 2007, cuando nuestra ciudad cumpla veinte lustros de historia, recuerden, con este simbólico regalo, como eran sus antepasados, cercanos y lejanos.
Se ha preparado una "cápsula del tiempo", dentro de la cual un flamante Plymouth Belvedere Sport Coupé de este mismo año, y una serie de objetos significativos de nuestro estilo de vida, descansarán bajo una gran capa de hormigón a prueba de ataques atómicos, bajo tierra, en la intersección de Sixth Street y Denver Avenue.
El deseo del que les habla, Thomas Anthony Cassidy, y de todos los ciudadanos de Tulsa es que cuando se redescubran los tesoros del "pasado", se aprecie el ardor y la bravura de unos hombres que construyeron para ellos el paraíso en la tierra.
----------------------------------------------------------------------------------
El 13 de Septiembre 2007, se desenterró, después de cincuenta años, el mítico Plymouth de Tulsa. El automóvil recién salido de fábrica y sepultado junto a unas botellas de cerveza y otros objetos de la época, parece no haber aguantado su medio siglo de cautiverio. La humedad y las filtraciones de su cámara, teóricamente acorazada y a prueba de ataques nucleares, ha dejado al automóvil en un estado lamentable.
Un hombre mayor, lloraba sin que la multitud pudiera observarle, mientras descubrían el desafortunado presente de la máquina.
"Yo os maldigo, hombres del futuro" balbuceaba secándose las lágrimas con un pañuelo.
jueves 9 de octubre de 2008
Soft Parade

1- EXPECTACIÓN
Los cazas dibujan estelas de humo. Ensordecen a la multitud que se para a ver el ensayo del desfile. En el puente de la avenida Hudson, un niño de tan solo cuatro años, les apunta con su mano, que simula una pistola, y dispara. La formación de los once aviones supersónicos se deshace y en un abrir y cerrar de ojos, las máquinas desaparecen.
Los automóviles han colapsado el tráfico del centro.
La ciudad se ha convertido en un sonoro simulacro de guerra.
2- MANIOBRAS
Los helicópteros pasaban a la altura de la ventana de la señora Kwyt. Los apaches, que son verdaderas máquinas de exterminio, verificaban el camino correcto para el desfile, a las 10 y media de cada mañana.
Ahora, los pilotos lustran los aparatos, sacan punta a sus lápices. Barnizan de betún sus botas.
La señora Kwyt, que roza los sesenta, todavía no ha visto Apocalypsis Now. Todos los viernes, prepara un pastel de carne exquisito, después de comer se toma un gintonic y a media tarde se tumba a leer a Ciorán.
Por motivos meteorológicos, la infantería no marchará mañana.
Una lastima. La formación no será perfecta.
3- INCONEXIÓN Y VETERANÍA
Me enseñaron a montar con los ojos cerrados mi arma en menos de nueve segundos. Conseguí batir el récord que ostentaba un tal Micky DeFina, de la tercera división. La primera noche que pasé fuera de casa, en los barracones, no pude dormir. Las cartas que envié desde el frente, llegaron cuando ya había vuelto a casa.
Mi padre dice que mi brazo era el que mejor bateaba de todo el instituto. Fue un error volver a Memphis, una insensatez abandonar la selva. La familia sabe que todas las noches, en el apacible y reposado silencio, después de la cena, mientras ellos miran, ya despreocupados, la televisión, oigo los gritos, las plegarias, y no consigo comprender porque no puedo ayudarles.
Mi padre repite todas las mañanas que mi brazo era el que mejor bateaba de todo el instituto.
La guerra, sin mi, todavía no ha terminado.
lunes 6 de octubre de 2008
Instante en forma de poema
Ella duerme aún.
Los primeros pájaros se escuchan,
y el tintineo de una bicicleta rompe el silencio.
Ella duerme y sueña con que al despertar
todo será de otra manera.
Un camión lava las calles cuando amanece.
El olor del café del patio interior, se cuela por la ventana de la habitación.
Ella despierta, con una sonrisa dibujada en los labios.
Yo ya me he marchado...
Ten cuidado con lo que sueñas, cariño.
A veces, los sueños se convierten en realidad.
viernes 3 de octubre de 2008
Sobre pequeñeces, nimiedades y demás delicias

Me inquietan, desde hace ya tiempo, las historias pequeñas. "Las mínimas", como titulaba el director de cine argentino Sorín, una de sus películas.
Quiero contar a los personajes que pasan desapercibidos, que aparentemente grises se camuflan en las masas de asfalto, en las plazas concurridas o en las calles comerciales en las que todo importa menos el público.
Si hay algo que todavía me produce más placer, mas curiosidad, son los lugares "mínimos". Perfectas localizaciones con voz propia, que con sus funciones y arquitecturas, condicionan el comportamiento de quienes las moran.
Gasolineras, fruterías antiguas, barberías, bares de barrio, simples calles, restaurantes de comida rápida... Lugares normales para gente normal. Vidas normales al fin.
Amo la normalidad y quiero reivindicarla. Cierto es que la amo y la detesto al mismo tiempo, pero creo haberle encontrado sentido a estos dos sentimientos que se enfrentan en mi, ante lo cotidiano.
Voy... El protagonista, un apuesto galán que roza la cincuentena, conversa con una bella muchacha de labios rojos y pelo fosco en una de las mesas que mira hacia la calle del madrileño Café Comercial. Su conversación esta llena de argucias literarias, de dobles sentidos, de diálogos sublimes, de juegos semánticos. Pero llegados a un punto, embelesados por la belleza del continente y del contenido, mi cámara se aburriría y abandonaría el preciosismo de la pareja, renunciaría a la bien tramada conversación y se desviaría, en busca de un tercero, o un cuarto en discordia.
Poco a poco llega hasta el quiosco que de refilón se observa tras el ventanal del vetusto café. Y más que en el quiosco, se fija en el hombre que tras heredarlo de su padre, que a su vez lo hizo de su abuelo, dedica sus tardes libres a ordenar por directores, las películas que a precio de saldo vende junto a los periódicos. A pocos metros de él, una chica de veintitantos, fuma un cigarrillo mientras espera. Se recoge el pelo detrás de la oreja con su mano izquierda, y pasando el rato le echa un vistazo a los títulos que el hombre ofrece.
Apoyada en el quicio de la ventana del Comercial, está Ana, una mujer de sesenta, que tras sus inmensas gafas de sol camufla dos estupendos y alucinantes ojos llorosos. Se le escapa una lágrima mezclada con rímel que le recorre la cara. Escucha algo a través del móvil.
Cruzando la avenida, en ese mismo instante, a cincuenta metros, un ejecutivo trajeado, habla del Ibex 35 por el móvil, mientras dos kilos y medio de farlopa, guardados en el segundo fondo de su maletín, esperan para ser colocados en un piso de Malasaña. Y así.
Levantemos la vista para encontrar el mundo. En el mismo escenario en el que nada ocurre, se desatan las tragedias. ¿Por qué mirar al suelo, pudiendo mirar a los ojos?
Se deberían escribir historias por y para figurantes, para extras, para gente que no tiene frase en un libreto. Para esas posibles vidas que lindan siempre con las del protagonista y que rara vez, como en el supuesto anterior, llegan a cruzarse.
Gente que jamás tendría una linea, puede tener una novela. Personajes condenados a ser bullicio y estorbo, ascendidos a primer espada. Lugares donde nunca pasa nada. Gente a la que nunca le sucede nada.
Me divierte mucho esa "nada" cotidiana.
miércoles 1 de octubre de 2008
Buzón de voz
Cuando el teléfono se queda descolgado, salta siempre el contestador automático. Al colgarlo, usted sólo tiene que marcar el 001, y por el altavoz externo se escuchará el número y la hora en la que el mensaje ha sido grabado. "Gracias por elegir Telecom Memphis. ¡Le comunicamos con la felicidad!"

Primer mensaje. Recibido hoy a las 23:00
-¿Cariño?... ¡Cariño! Me estoy preocupando Troy. Hace cuatro horas que deberías estar aquí conmigo y con tus hijos. Me estoy hartando, ¿me oyes?. ¡Me estoy hartando!
Segundo mensaje. Recibido hoy a las 17:25
-Hola cariño, te he llamado ya muchas veces y no me coges el teléfono. No quiero que estés triste. Todo saldrá bien ¿vale? Nos vemos cuando llegues. Chao
Tercer mensaje. Recibido hoy a las 14:09
-Este es un mensaje de Hoffman asociados para el señor Troy Brown. En los últimos meses hemos notado un aumento notable en su rendimiento. Así que el señor Goldstein quiere invitarles a usted y a su encantadora esposa, a la recepción que se celebrará en su casa el próximo viernes a las 20 h. en honor de la familia Nakamura que pasarán por la ciudad. Rogamos confirme a la brevedad su asistencia. Buenas tardes.
Cuarto mensaje. Recibido hoy a las 11:15
-Troy... Soy yo. Tengo los billetes para South Hampton. No quiero llevar mi coche, ya me entiendes. ¿Llevas la maleta contigo? Ya le he dicho a la chica que deje la bañera llena y el champán en la nevera. Besos, Evelin.
lunes 29 de septiembre de 2008
Dos anónimos.
1-
En el pueblo ya no le echan cuenta. El manicomio, como llaman al sanatorio los niños, hace mucho que dejo de ser novedad.
El último de los enfermos en llegar, perdió las dos piernas en Nan Treng, cuando le sorprendió una mina. Vaughan pertenecía a la segunda columna de infantería.
Algunas habitaciones están acolchadas. Cuando el estado cortó el grifo, tuvimos que dejar la ampliación prevista que incluía dos piscinas para rehabilitación.
Vaughan nació en Thinroad, Arizona. Su deseo era volver sano y salvo de Vietnam para montar un negocio de comida a domicilio.
El viernes ocho de Agosto del sesenta y siete. En una operación de búsqueda y destrucción de un pueblo controlado por "Charlie", Vaughan junto a seis muchachos que no alcanzaban los veinte años, volaron por los aires.
Hoy ha salido nublado. Una fina lluvia acaricia el césped.
Vaughan, postrado en su silla, pierde la mirada al fondo del jardin, desde el porche del sanatorio. Fuma un cigarrillo rubio sin filtro, y niega una y otra vez, haber salido de su ciudad natal.
2-
Detrás de la portería norte de Anfield Road, entre todas esas cabezas que crean esa especie de trama coloreada de gente, al ver los partidos de casa, en la fila nueve están Pit y Teddy.
Pit habla lo justo. Monosílabos y para de contar. Teddy, sin embargo, raja por los dos.
Pit vive a dos manzanas del estadio. Todas las noches le da un beso a su esposa Emily y antes de dormir se acuerda de la primera vez que fue al fútbol con su padre. Es sensible y a veces llora mientras se ducha. Lamenta que su hijo Boby nunca llegara a conocer a su abuelo.
Teddy, mientras Pit fuma, habla de lo mala defensa que tiene este año el Liverpool, pero lo magnífico que ha sido el fichaje de "The Kid" Torres.
sábado 27 de septiembre de 2008
A short saturday thought.
Goethe dijo: "El hombre solo es capaz de aprender lo que realmente ama."
¿ Yo, entonces...? ¿Amo demasiado o realmente no se el significado de la palabra amor?
.
viernes 26 de septiembre de 2008
Autumn notes
1- El sol se cuela entre las hojas de los arboles, que en hilera custodian una de las calles que lindan con el Parlamento. Los reflejos, como flashes fotográficos, iluminan todo lo que veo, tras mis gafas ahumadas. Camino y encuentro placidez y sosiego a cada paso que doy.
Hoy me salgo, me digo.
Sonrío e imagino que nada ha pasado, que todo está como hace tiempo y me doy una chance de felicidad. Satisfecho con esta mañana, le agrego sal a la comida y brindo con vino tinto.
Además mis padres han redescubierto a los Zeppelin.
2-
El bueno de Robert Plant, conserva la voz que le hizo invencible,
Y las noches con su música son magia y barbitúricos.
Los mitos que no perecen, tienen oportunidad de explicarse.
3-
El barco "Maryland" partirá a las 11:30 cargado con 2 toneladas de tabaco, tres de cebada y doscientos cincuenta coches, rumbo a Plymouth.
El pronóstico para hoy es marejadilla en su salida, fuerte marejada cien millas al noroeste y marejada a la hora de atracar.
4-
En uno de los coches del Maryland, dos huidos de la justicia, hacen planes de futuro, ajenos a la carga que les acompaña. Todo está en su favor, en cuanto al estado de la mar.
Rezarán por ellos desde el Penal del Dueso.
En uno de los coches del Maryland, dos huidos de la justicia, hacen planes de futuro, ajenos a la carga que les acompaña. Todo está en su favor, en cuanto al estado de la mar.
Rezarán por ellos desde el Penal del Dueso.

miércoles 24 de septiembre de 2008
Nota después del cine

Tres tipos de unos treinta años comen hamburguesas y beben cerveza en el aparcamiento del Drugstore. Camuflan tres pistolas bajo sus pantalones anchos.
Un coche se acerca.
El tendero, desde dentro, consigue ver el automóvil con el rabillo del ojo y a toda prisa corre las cortinas. Como un relámpago, llega hasta el cartel de la puerta, que gira para que se lea claramente desde fuera que está "Cerrado".
Las luces del coche se apagan antes de haberse parado.
Los tipos del aparcamiento, dejan las botellas de cerveza en el suelo, y violentamente sacan las armas. Piensan.
Uno de ellos corre y se oculta entre dos coches. Los otros dos, paralizados, se miran. El más alto se santigua tres veces.
El coche se acerca hasta ellos mientras una de las ventanillas baja treinta centímetros y deja ver el cañón doble de una Winchester.
El fogonazo del disparo ilumina el escenario que, pocas horas después, al amanecer, ya estará limpio y en perfecto uso para el ciudadano.
Las madres llenaran sus rancheras con la compra del día, los maridos sacarán unas cervezas con el periódico y algún crío comprará una gorra de los Detroit Pistons, para ir con su hermano mayor a ver un partido por primera vez, a la cancha de su equipo favorito.
Seguramente, nadie sabrá que es lo que, a pocas horas de aquella mañana tan normal, ha sucedido. Ni siquiera se lo preguntarán. ¡¡Y tampoco tienen porque hacerlo, que carajo!!
Tal vez cuando la mañana y la tarde siguiente acaben, tal vez al caer la noche, en otra esquina, en otro drugstore, incluso en otra ciudad o en otro estado, tres tipos con pantalones anchos coman hamburguesas grasientas y abran despreocupados una botella de cerveza.
Seguramente seguirá sin pasar nada...
Igual que antes y después de leer estas lineas.
Igual que antes y después de ver esta secuencia.
martes 23 de septiembre de 2008
Five to one
Intentando que mi mueca sea alegre y natural

1
Reir, someter, domar, vencer... Que hermosos infinitivos.
El joven Alejandro, los manejaba con destreza y naturalidad, mientras su compañero de pupitre blandía con fuerza una daga, mirando los horizontes de Macedonia tras las ventanas de la escuela.
Yorgos, terminaba sus días años después durante la toma de Tiro, en una de las salvajes embestidas de la infantería, como uno de los más fieros y fieles soldados.
Alejandro, víctima de una extraña fiebre, moría volviendo a casa, coronado emperador.
2
El caballo del emperador cabalga al fondo,
los cuerpos decapitados todavía están calientes.
La calma ha llegado al frente.
Apóyate en mi, compañero.
El retorno a casa, amigo, será cuestión de horas.
3
Si Argos levantara la cabeza, se pondría tonto a piensos compuestos.
4
En Essex, Baltimore, encontraron hace una década, los restos de un barco de la flota alejandrina.
Para las autoridades, el dinero que deben gastar en subirlo a la superficie, es demasiado.
Para el resto de la humanidad, el estudio y conocimiento de tal proeza macedonia, tampoco vale esa cantidad de dólares.
Alguien se estará riendo de todos nosotros, mientras enseña historia del mundo clásico en alguna universidad del mundo.
5
Fragmento de "Five to One" (Jim Morrison)
The old get old,
and the young get stronger
May take a week
And it may take longer
They got the guns, but
We got the numbers
Gonna win, yeah
Were takin over!!
lunes 22 de septiembre de 2008
13:25 Instante de Septiembre
Paseo entre coches destrozados,
camino rozándome con contenedores mojados por la lluvia de otoño.
La gente cruza.
no levanta la mirada del asfalto por el que corre el agua sucia.
Hay un cable que une dos edificios en el barrio.
Un par de zapatillas cuelgan con los cordones atados desde lo alto.
En una pared, escrito con tinta negra se lee: "No cruces esta linea"
El paso de cebra esta bajo el cable y las zapatillas y la frase sentenciera.
Paseo entre coches destrozados,
Camino rozándome con los contenedores mojados por la lluvia de otoño.
La gente cruza.
No levanta la mirada del asfalto por el que corre el agua sucia.
camino rozándome con contenedores mojados por la lluvia de otoño.
La gente cruza.
no levanta la mirada del asfalto por el que corre el agua sucia.
Hay un cable que une dos edificios en el barrio.
Un par de zapatillas cuelgan con los cordones atados desde lo alto.
En una pared, escrito con tinta negra se lee: "No cruces esta linea"
El paso de cebra esta bajo el cable y las zapatillas y la frase sentenciera.
Paseo entre coches destrozados,
Camino rozándome con los contenedores mojados por la lluvia de otoño.
La gente cruza.
No levanta la mirada del asfalto por el que corre el agua sucia.
lunes 15 de septiembre de 2008
Amanece en la calle principal.

-A las 17:00 horas, el joven y apuesto candidato, subirá al atril y comenzará a dar su discurso de cierre de campaña.Correréis las cortinas del ventanal y preparareis un té.
A la media hora de mitin sacareis la caja de las pastas a pasear y la pondréis en la mesita, cerca de las tazas, en el medio.
"¡Amigos y amigas... Cuando era joven, antes de querer llegar hasta aquí, tal vez con diecisiete o dieciocho años, vi como un honrado padre de familia moría mientras las enfermeras de un hospital, en el Sur, le hacían rellenar formularios bancarios antes de subirle a un quirófano. Vi las caras desencajadas de sus dos hijas, de la viuda... Entonces me dije ¿Cuál es la grandeza de este país?"
-Solo entonces, cuando termine ese párrafo, mojareis la pasta de chocolate en el té y le daréis un mordisco... Si todo va bien, se recoge la merienda. Si no va del todo como nosotros queremos, mordéis un par de veces más, hasta que se os quite el hambre.
En el sexto piso de un edificio de la cuidad, tres hombres conversan. Huele a humo
A la media hora de mitin sacareis la caja de las pastas a pasear y la pondréis en la mesita, cerca de las tazas, en el medio.
"¡Amigos y amigas... Cuando era joven, antes de querer llegar hasta aquí, tal vez con diecisiete o dieciocho años, vi como un honrado padre de familia moría mientras las enfermeras de un hospital, en el Sur, le hacían rellenar formularios bancarios antes de subirle a un quirófano. Vi las caras desencajadas de sus dos hijas, de la viuda... Entonces me dije ¿Cuál es la grandeza de este país?"
-Solo entonces, cuando termine ese párrafo, mojareis la pasta de chocolate en el té y le daréis un mordisco... Si todo va bien, se recoge la merienda. Si no va del todo como nosotros queremos, mordéis un par de veces más, hasta que se os quite el hambre.
En el sexto piso de un edificio de la cuidad, tres hombres conversan. Huele a humo
domingo 14 de septiembre de 2008
SEC. 1- Lili´s Cafe. Brighton. EXT/DIA
-El invierno es suave por aquí. De vez en cuando llueve pero a menudo disfrutamos de una temperatura agradable.Michael, el muchacho que tenía antes tu puesto se ha vuelto a Hove para impartir clases de historia en el instituto... Ya no quiere saber nada de Brighton.
-¿Sabe porque?
-No.
-¿que tengo que hacer?
-Repasar las mesas de la terraza de vez en cuando, servir con amabilidad y dar bien los cambios a los clientes. No es muy difícil ¿verdad?
-No señor, no es complicado.
-¿Porque has venido aquí?
-Acabé la carrera y quiero aprender bien ingles.
-Has elegido un buen sitio, hijo. Ahora no tendremos mucho trabajo, así que tendrás tiempo libre para salir y conocer gente
-Tengo ganas de recorrer la zona
El viejo me dio el delantal blanco, mi bandeja y un cuadernillo para anotar los pedidos. Encendió un pitillo y se sentó en una de las mesas mirando a la playa.
-¡Chico, tráeme una cerveza!
-Ahora mismo, señor.
El Lili´s respiraba historias. En sus taburetes revestidos de sky rojo, en su barra redondeada y brillante, en sus mesas, en sus cartas de helados y cócteles, habían pasado cosas que no sabía, pero que quería descubrir. El Lili´s había sido "el lugar", pero entonces, como el Brighton que conocí, no estaba en muy buena forma.
-Siéntate aquí, hijo-
-¿Me está probando, señor? Se que no puedo sentarme en las mesas con los clientes
-No es una prueba, memo. ¿Estoy actuando como un cliente acaso? ¿Crees que voy a pagarte y a chivarme al jefe si me das mal las vueltas? ¡Venga coño! Siéntate y contempla este mar.
Su complicidad me resultaba incomoda. ¿Y el otro chico? ¿Que le haría abandonar el Lili´s? ¿Por qué decidió marcharse a Hove? ¿Que coño es Hove?
El viejo se quedó mirando la moto. Dejó la cerveza en la mesa y se levantó. Caminó hacia ella.
-¿Es tuya, verdad?
-Si, señor
-No me llames señor, joder. ¿Es tuya esta moto?
-Si, es mía
-Pues si no quieres que te quite ese delantal y te ponga de patitas en la calle ni se te ocurra aparcarla al lado de la puerta
-Lo siento, señor. Dije apresurándome a cambiarla de sitio.
-¿te gustan las motos, verdad? Vamos a dar una vuelta por la ciudad. Te voy a llevar a un par de sitios...
-¿Sabe porque?
-No.
-¿que tengo que hacer?
-Repasar las mesas de la terraza de vez en cuando, servir con amabilidad y dar bien los cambios a los clientes. No es muy difícil ¿verdad?
-No señor, no es complicado.
-¿Porque has venido aquí?
-Acabé la carrera y quiero aprender bien ingles.
-Has elegido un buen sitio, hijo. Ahora no tendremos mucho trabajo, así que tendrás tiempo libre para salir y conocer gente
-Tengo ganas de recorrer la zona
El viejo me dio el delantal blanco, mi bandeja y un cuadernillo para anotar los pedidos. Encendió un pitillo y se sentó en una de las mesas mirando a la playa.
-¡Chico, tráeme una cerveza!
-Ahora mismo, señor.
El Lili´s respiraba historias. En sus taburetes revestidos de sky rojo, en su barra redondeada y brillante, en sus mesas, en sus cartas de helados y cócteles, habían pasado cosas que no sabía, pero que quería descubrir. El Lili´s había sido "el lugar", pero entonces, como el Brighton que conocí, no estaba en muy buena forma.
-Siéntate aquí, hijo-
-¿Me está probando, señor? Se que no puedo sentarme en las mesas con los clientes
-No es una prueba, memo. ¿Estoy actuando como un cliente acaso? ¿Crees que voy a pagarte y a chivarme al jefe si me das mal las vueltas? ¡Venga coño! Siéntate y contempla este mar.
Su complicidad me resultaba incomoda. ¿Y el otro chico? ¿Que le haría abandonar el Lili´s? ¿Por qué decidió marcharse a Hove? ¿Que coño es Hove?
El viejo se quedó mirando la moto. Dejó la cerveza en la mesa y se levantó. Caminó hacia ella.
-¿Es tuya, verdad?
-Si, señor
-No me llames señor, joder. ¿Es tuya esta moto?
-Si, es mía
-Pues si no quieres que te quite ese delantal y te ponga de patitas en la calle ni se te ocurra aparcarla al lado de la puerta
-Lo siento, señor. Dije apresurándome a cambiarla de sitio.
-¿te gustan las motos, verdad? Vamos a dar una vuelta por la ciudad. Te voy a llevar a un par de sitios...
viernes 12 de septiembre de 2008
El poema secreto del soldado Willy Owen
Yo soy mi perfil, y en mi cólera está la destrucción, y en mi hastío la tierra mojada.Yo soy mi perfil, el camino es largo y el río llama a la muerte.
Putrefacción en las orillas húmedas, animales enfermos, pestes y disentería.
La noche es fría y el barco avanza.
La lanza vuela y el templo esta en llamas.
Mi cuerpo no tardará en prender.
Yo soy mi perfil, y albergo los pecados.
Yo soy mi perfil que quiere volver poco a poco al camastro del hotel.
La ciudad lejana me invita a cesar.
Me invita a volver a su red. a sus calles malolientes, a las esquinas, a las piernas infantiles, a las sonrisas yermas, a los billetes manchados, al almizcle y al sudor.
Alguna vez llegué a ser mi perfil, pero ahora entiendo que atrás quedó la imagen.
Atrás las vestimentas.
Desnudo avanzo hacia la muerte. Yo fui mi perfil, pero cayó en una oscura plaza de Saigón.
viernes 18 de julio de 2008
Km 93
Las montañas se ven desde el cruce de caminos donde el motorista ha parado para refrescarse.El asfalto de la carretera se ha convertido en arena y el calor empuja, cruzando el camino, un par de plantas secas que ruedan con una suave brisa húmeda y pegajosa.
Se apoya en el cartel del cruce buscando sobra. Sentado en el arcén se quita las botas. Hace muchos kilómetros que no se cruza con nadie. No lo necesita.
Después de saborear un trago de agua, ve como a lo lejos un automóvil oscuro se acerca como un espejismo. Al volver a mirar no hay rastro del coche.
El sol de mediodía luce desde lo alto, no existe ni una sola nube en su porción de cielo, y un par de pájaros se posan cerca del cruce, sobre los cables del teléfono.
Hay silencio.
El ruido del motor del coche, que era casi imperceptible, se convirtió en cercano, y lo que imaginó se convirtió en realidad.
A diez metros de "Lucille", su moto, paro un Porsche blanco del 70. Un tipo joven, blanco y con bigote fino conducía vestido de traje azul. Con una sonrisa llamó al tipo de la moto.
-Me he perdido-
-Ya somos dos-
-¿Como puedo encontrar el camino?-
-Pensé que usted lo sabría-
-¿Necesita algo, solitario motorista?-
-No se si podrá dármelo-
-Nos hemos visto antes. ¿Verdad?-
-No conocía a tipos que condujeran deportivos blancos, ni que vistieran de traje-
-Volveremos a encontrarnos, amigo-
-¿Cuando?-
-Cuando yo quiera-
-Bueno, señor del Porsche. Hasta entonces.-
Cuando miró al final de la carretera para señalarle el camino por el que había entrado y volvió a mirar al coche, no había ni Porsche blanco del 70, ni hombre blanco con bigote fino.
Las huellas de un automóvil, se metían por uno de los cuatro caminos del cruce, y a sus pies se encontró con una caja de cerillas, con un nombre escrito con caligrafía médica. "Giselle".
Años después se dio cuenta de que todo lo que había pasado aquel mediodía en ese cruce de caminos no fueron imaginaciones suyas.
Se apoya en el cartel del cruce buscando sobra. Sentado en el arcén se quita las botas. Hace muchos kilómetros que no se cruza con nadie. No lo necesita.
Después de saborear un trago de agua, ve como a lo lejos un automóvil oscuro se acerca como un espejismo. Al volver a mirar no hay rastro del coche.
El sol de mediodía luce desde lo alto, no existe ni una sola nube en su porción de cielo, y un par de pájaros se posan cerca del cruce, sobre los cables del teléfono.
Hay silencio.
El ruido del motor del coche, que era casi imperceptible, se convirtió en cercano, y lo que imaginó se convirtió en realidad.
A diez metros de "Lucille", su moto, paro un Porsche blanco del 70. Un tipo joven, blanco y con bigote fino conducía vestido de traje azul. Con una sonrisa llamó al tipo de la moto.
-Me he perdido-
-Ya somos dos-
-¿Como puedo encontrar el camino?-
-Pensé que usted lo sabría-
-¿Necesita algo, solitario motorista?-
-No se si podrá dármelo-
-Nos hemos visto antes. ¿Verdad?-
-No conocía a tipos que condujeran deportivos blancos, ni que vistieran de traje-
-Volveremos a encontrarnos, amigo-
-¿Cuando?-
-Cuando yo quiera-
-Bueno, señor del Porsche. Hasta entonces.-
Cuando miró al final de la carretera para señalarle el camino por el que había entrado y volvió a mirar al coche, no había ni Porsche blanco del 70, ni hombre blanco con bigote fino.
Las huellas de un automóvil, se metían por uno de los cuatro caminos del cruce, y a sus pies se encontró con una caja de cerillas, con un nombre escrito con caligrafía médica. "Giselle".
Años después se dio cuenta de que todo lo que había pasado aquel mediodía en ese cruce de caminos no fueron imaginaciones suyas.
lunes 14 de julio de 2008
-Km. 56
La motocicleta se ve llegar, con el asfalto espejeando y el calor quemando la pobre vegetación de los arcenes de la carretera comarcal.Las aspas del ventilador de la gasolinera apenas giran y los perros, que beben agua de un abrevadero de plástico, buscan la sombra que el sol desde lo alto no permite.
El molino que hay a diez metros del edificio está inmóvil.
Guss el gasolinero, sale a atender y coloca la manguera para llenar el deposito. Suda y parsimoniosamente cambia de lado el mondadientes de su boca.
Dentro, abre una nevera y coge una botella de agua. Repasa con la mirada las portadas de las revistas para adultos y termina en Gina, la cajera de dieciocho años, que con su mano derecha espanta las moscas que la distraen. Está inmersa en el último capitulo de "Twentee One Jump Street", su serie favorita, que a duras penas ve en una televisión blanco y negro de antena analógica.
Juguetea con un mechón de su pelo.
Ella no nota la presencia del motorista, que analiza cada uno de los pliegues de su camisa azul de uniforme. Gina se recoge el cabello en un improvisado moño y su interminable cuello queda a merced del calor, inde
fenso.
Entonces Guss vuelve y llega hasta la caja registradora. El hombre se acerca a pagar. Gina le mira, él le contesta.
Ella se acaricia los dientes con la lengua sin hacer teatro. Él no deja de mirarla.
Media hora después de repostar, la moto sigue aparcada y los perros ladran alrededor de las letrinas que hay bajo el molino.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces, piensa. Yo era libre y mi moto ligera. El paisaje que aquel día nos vio nacer a los dos, hoy está yermo. Es estéril.
La gasolinera está abandonada, dice casi sin mirarla y cortando el aire a toda velocidad cuando pasa por delante.
Un par de lagrimas se resbalan por sus mejillas.
Gina debe de haber llegado ya a su destino y yo todavía sigo sin saber cual es el mío.
El molino que hay a diez metros del edificio está inmóvil.
Guss el gasolinero, sale a atender y coloca la manguera para llenar el deposito. Suda y parsimoniosamente cambia de lado el mondadientes de su boca.
Dentro, abre una nevera y coge una botella de agua. Repasa con la mirada las portadas de las revistas para adultos y termina en Gina, la cajera de dieciocho años, que con su mano derecha espanta las moscas que la distraen. Está inmersa en el último capitulo de "Twentee One Jump Street", su serie favorita, que a duras penas ve en una televisión blanco y negro de antena analógica.
Juguetea con un mechón de su pelo.
Ella no nota la presencia del motorista, que analiza cada uno de los pliegues de su camisa azul de uniforme. Gina se recoge el cabello en un improvisado moño y su interminable cuello queda a merced del calor, inde
fenso.Entonces Guss vuelve y llega hasta la caja registradora. El hombre se acerca a pagar. Gina le mira, él le contesta.
Ella se acaricia los dientes con la lengua sin hacer teatro. Él no deja de mirarla.
Media hora después de repostar, la moto sigue aparcada y los perros ladran alrededor de las letrinas que hay bajo el molino.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces, piensa. Yo era libre y mi moto ligera. El paisaje que aquel día nos vio nacer a los dos, hoy está yermo. Es estéril.
La gasolinera está abandonada, dice casi sin mirarla y cortando el aire a toda velocidad cuando pasa por delante.
Un par de lagrimas se resbalan por sus mejillas.
Gina debe de haber llegado ya a su destino y yo todavía sigo sin saber cual es el mío.
jueves 10 de julio de 2008
Deberes realizados
-1
Deberes para hoy Jueves:
Mañana:
Leer a Wittgenstein
Tarde:
Ver una de Jean luc Godard
Noche:
Unas copas en el Cadillac, que seguro que no podré más.
-2
Secuencia X. Terraza de Cascais con acantilado EXT/ DIA
Mientras Ferggie, el joven camarero, hace el inventario desde su caseta de madera, una mujer oculta tras unas gafas de sol mira hacia el mar y habla.
Deberes para hoy Jueves:
Mañana:
Leer a Wittgenstein
Tarde:
Ver una de Jean luc Godard
Noche:
Unas copas en el Cadillac, que seguro que no podré más.
Mamá dixit
-2
Secuencia X. Terraza de Cascais con acantilado EXT/ DIA
PERSONAJE
"No se como decirte esto. Veo que entre los dos hay algo especial y no creo que sean imaginaciones mías. Cada vez que te miro, pienso en lo que pasaría si tu y yo estuvieramos juntos. En como sería un día entero a tu lado. Cada vez que me cruzo contigo, mi piel se eriza y se sonrojan mis labios. ¿Puede ser amor?"Mientras Ferggie, el joven camarero, hace el inventario desde su caseta de madera, una mujer oculta tras unas gafas de sol mira hacia el mar y habla.
miércoles 9 de julio de 2008
-Km. 20
El sol ha caído a plomo. La única luz, que ilumina las rallas pintadas de la autopista, es la redonda y matizada de su motocicleta.
La cama está deshecha, la radio encendida y él fuma.
Se escucha el ruido del agua en la ducha y se oye a una mujer tararear una canción del verano.
Las cortinas se mueven acariciadas por la brisa vespertina de Julio.
Apaga el cigarrillo en el cenicero repleto de colillas y baja el volumen de la radio, para escuchar el canto casi susurrado que viene desde el baño.
Se viste y antes de marcharse, saca de su cartera un par de billetes de veinte pavos que deja sobre un pliegue de la sábana.
"Dos abandonos el mismo día, me llevarían de la mano a la tumba, piensa mientras cierra desde fuera la puerta de la habitación número once del Motel Paradiso.
No hay luna esa noche, la oscuridad pesa y salvo un con un par de conductores, no se cruza con nadie. A lo lejos, como si de un oasis en el desierto de la cuarentena se tratasen, unos neones alumbran la vía de servicio.
Caer en la tentación nunca fue de virtuosos, pero él, jamás en su vida se comportó como tal.
Caer en la tentación nunca fue de virtuosos, pero él, jamás en su vida se comportó como tal.
La cama está deshecha, la radio encendida y él fuma.
Se escucha el ruido del agua en la ducha y se oye a una mujer tararear una canción del verano.
Las cortinas se mueven acariciadas por la brisa vespertina de Julio.
Apaga el cigarrillo en el cenicero repleto de colillas y baja el volumen de la radio, para escuchar el canto casi susurrado que viene desde el baño.
Se viste y antes de marcharse, saca de su cartera un par de billetes de veinte pavos que deja sobre un pliegue de la sábana."Dos abandonos el mismo día, me llevarían de la mano a la tumba, piensa mientras cierra desde fuera la puerta de la habitación número once del Motel Paradiso.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)