Tony fue limpiabotas en una cafetería de Riverside. Lustró con mimo los zapatos de los "Ficco" y poco a poco se ganó la confianza de Marcelo, el camarero.Cuando cumplió la mayoría de edad, la fiesta la pagó íntegra la organización, y nadie de su entorno dudó en llegar al convite sin un regalo entre las manos.
La madre de Tony, entendió en aquel momento que le había perdido. Que el niño al que había intentado llevar por el camino recto, había tomado las riendas de su vida, y había adoptado su propia ley.
Pasaron los años y siguiendo el rastro de algunos héroes de película, el muchacho continuó creciendo, hasta obtener una seria consideración en su barrio.
El 14 de Agosto de 1977, mientras el sol golpeaba con dureza las calles de Memphis, a las 10 de la mañana, un Chrysler de color negro salía de un garaje privado de la ciudad. Pasaba lento por los semáforos para no llamar la atención y respetaba como ningún otro automóvil las señales de tráfico.
Con tres minutos de diferencia, Tony recogía el periódico en la puerta de su domicilio en el 56 de la calle Omaha y salía a pié con destino a su cafetería donde desayunaba todas las mañanas.
El Chrysler doblaba para entonces la avenida Andersen, y se perdía entre los coches que salían en dirección a la playa.
Tony tropieza su pulcro zapato italiano con un baldosín levantado y cae al suelo. Solo un muchacho que le reconoce le ayuda a levantarse. Tony le mete en el bolsillo de su camisa un billete de cincuenta pavos.
El coche llega a su destino y aparca correctamente frente a una boca de incendios. Un hombre con pantalón claro y camisa a rallas de manga corta, baja y se apoya en la puerta del copiloto.
Tony entra en la cafetería y se sienta en su mesa habitual. Zumo de naranja, café solo "ristretto" huevos revueltos y un poco de bacon crujiente junto a un muffin. Como siempre.
El hombre de la camisa a rallas entra en escena. Se sienta en uno de los taburetes de la barra y pide un café con leche. Toma con su mano derecha un ejemplar del periódico que el señor Massino se dejó olvidado. El hombre bebe.
Tony termina y después de desayunar pide un enorme vaso de agua con millones de hielos dentro.
El claxon del Chrysler suena dos veces. Una tercera.
El tipo del periódico deja parsimoniosamente su taza sobre el plato y dobla el diario dejándolo en el lugar exacto de donde lo cogió.
Tony desde la mesa mira extrañado por la insistencia del ruido. Butch, el camarero, le cobra el café al tipo de la camisa. El claxon suena ahora sin parar.
Tony se levanta, se ajusta el pantalón y camina desde el fondo del comedor en dirección a la salida.
El tipo de rallas le observa. Butch, se vuelve en dirección a la caja registradora para guardar el dinero.
Tony avanza. El del taburete gira y tropieza su pié con el de Tony. El claxon no cesa.
La caja se abre, Tony está en el suelo y el tipo de la camisa, ya agachado, saca un puñal de su calcetín y se lo clava en el cuello. Butch, mira a la ventana y sin moverse del sitio, censura con un gesto al tipo del coche por el escándalo. Después se mete en la cocina.
El sonido cesa y el de la camisa se levanta y cruza el umbral de la puerta tan rápido como puede.
Tony agoniza en la cafetería que le vio nacer.
Al día siguiente un periodista local amigo de la organización dibujó una escena muy parecida a esta en la edición vespertina del Memphis Advertiser. La tituló: "Tony ha muerto. Ha muerto Riverside"























